Blog de Miquel J. Pavón Besalú

Desvaríos escritos en cualquier hora intempestiva de la noche

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El Saburó o el largo saboreo del Sol y la Luna

Había sido un mal año en el aspecto montañero y la verdad es que no lo queríamos terminar sin un tresmil o una montaña de cierto carácter que sirviera, a la vez, para sellar la mayoría de edad de Robert y probar todos la montaña invernal.
Es por esto que cuando tomó forma la idea de ir al Peguera haciendo noche en el Josep Mª Blanc en la noche de Luna nueva del mes de noviembre no fueron suficientes para minorar nuestros ánimos ni para evitar que nos pusiéramos las mochilas en las espaldas y bajar las escaleras ni el timbrazo del despertador ni las pequeñas nubes que se distinguían a través de la ventana.
En las escaleras del metro se hacían adelantamientos peligrosos y arriesgados y contaba mentalmente la cantidad de minutos que faltaban para empezar el trabajo.
Los autocares de la Alsina Graells que íbamos dejando atrás iban llenos de corazones que buscaban sus orígenes en su tierra natal y los estrechos aparcamientos del Pas de Terradets se llenaban de utilitarios mientras sus ocupantes se disponían a abrirse paso en la vertical pared hasta reencontrarse de nuevo con la luz.
En la salida del Pas de Collegats, la carretera y los campos todavía eran blancos por la helada y las vacas de Llavorsí, igual que los machos de Espot con sus atuendos, justo salían del pueblo cuando iba a ser justo el medio día. Todos tienen su horario.
Informados del “status-quo” característico, dejamos el coche al inicio del Parque y enfilamos la pista del Estany Negre. Les Agudes van emergiendo, desafiantes y esbeltas, detrás de nuestras espaldas y nos invitan a tomar aliento para que las contemplemos mientras que delante nuestro nos ofrece un amplio deleite los lomos de nuestras montañas fronterizas con Andorra y el Pallars que el Sol bajo va pintando … La canal que nos sorprende al girar una curva pronto desaparece bajo el camino y éste se viste de nieve y de hielo.
Tres horas de agradable andar nos llevan hasta el refugio justo para gozar con los últimos rayos solares de la visión del gran circo de montañas que desde este espléndido mirador se domina.
Nos damos prisa para ponernos los jerseys y hacer la única comida completa del día aprovechando las últimas luces y hacer algo de fuego.
Pronto nos damos cuenta que, a pesar de la soledad del sitio no estamos totalment huérfanos, se va abriendo paso en el ancho cielo y en nuestra estancia una Luna clara y redonda que enamora y en su luz vemos proyectarse nuestros cuerpos en la nieve, lucir las montañas del valle como si se tratara del mismísimo Sol y proyectarse en los cristales del refugio la llama del fuego quemando el hielo del estanque. Con estas imágenes de encantamientos nos sumergimos en la rojiza superfície de nuestros sacos cuando los relojes marcan las ocho y cuarto preveyendo el largo día que nos espera.
Cuando el despertador y sus manecillas marcan las tres y cuarto la Luna sigue brillando y el aire no tiene la frescura de ayer.
Recogida la casa y calentado el estómago con un buen vaso de leche vamos a cruzar el río por debajo de la presa del Estany de la Cabana no sin antes haber aguantado más de una que otra hundida en la nieve. Para bordear este estany lo hacemos a cierta altura lo que nos va a obligar a realizar alguna desgrimpada y seguir después a medio aire el promontorio rocoso que se endereza por encima de la Coveta hasta un torrente que nos llevará a un estany sin nombre situado entre los dos brazos de cresta que se desprenden del Monastero. Con tantas subidas y bajadas pasamos mucho tiempo y en realidad no hemos ganado, prácticamente, nada de altura aparte de perder un poco la referencia del lugar exacto en el que estamos hasta el punto que confundimos el Saburó Inferior, que está desafiante delante nuestro, con el Peguera Inferior que queda mucho más allá y que ahora no lo vemos.
Cruzamos el estany mencionado por el medio de su superficie helada hasta llegar a un pequeño collado donde un cartel indica los caminos que conducen al Peguera y al Mainera. Seguimos hacia el Peguera pero el estado deplorable de la nieve y la sombra amigable de la Luna nos conducen a cruzar el río que baja de los estanys de Peguera y a ganar, aunque penosamente, altura en dirección a la cresta de nuestra izquierda. Un enrrojecimiento brillante va tiñiendo el cielo detrás el Muntanyò y nos paramos a comer alguna cosa.
Es pronto y el día se presenta inmejorable pero hemos subido mucho y ahora nos espera un largo flanqueo si queremos llegar a encontrar el collado de Monastero – Peguera por lo que decidimos escalar por una canal de nieve y pedruscos hasta encontrar la cresta. Cuando la culminamos son las ocho el Sol ha subido a caballo de la cresta de les Maineres y las rocas cimeras del Monastero van cojiendo color mandarina. A nuestros pies duermen un plácido sueño todos los estanys de la cuenca del Estany Negre y el refugio que nos ha acogido mientras que la aguja con forma de avión de nuestra izquierda se presta por unos momentos a hacernos creer que somos escaladores y la cresta de nuestra derecha parece ofrecernos un paseo aéreo. La emprendemos contentos y superamos, normalmente por el lado del Mainera, las pequeñas pruebas que nos piden las cantiagudas rocas de granito esquistoso de la afilada cresta. Mientras, estamos embobalicados del dulce despertar de las montañas que nos depara el paseo y con una media hora conquistamos una primera cumbre de unos 2850 metros de altura de los cuatro que tiene el Saburó Inferior.
La pendiente es muy acusada por los dos lados y la cresta hasta el Saburó, más o menos horizontal en el primer tramo, baja a un collado a unos 2800 metros y se enfila, posteriormente, encrespada hasta el Tuc de Saburó que tiene 2911 metros y muy rota, a continuación, hasta el Peguera con sus 2982 metros siempre con clapas de nieve intercaladas y no ofrece aparentemente excesivas dificultades. Aún y así las apariencias engañan y los frecuentes flanqueos obligados por los dos lados con presas seguras aunque distantes al principio (II), un paso a superar por presión desaciéndose previamente de las mochilas y ganando altura con la altura del compañero que se hunde en la nieve justo antes de la última cumbre del Saburó Inferior (III) y cuatro o cinco flanqueos algo extraplomados con no muy buenas presas en la bajada (III) hacen que no lleguemos al collado hasta eso de las diez de la mañana.
Disfrutamos un rato del Sol precioso de esta mañana mientras nos ponemos crema solar en la cara y hacemos algo de sitio en las mochilas comiéndonos lo que llevamos. Éstas no son muy pesadas, aunque si son voluminosas, por la presencia de los sacos ya que la idea de bajar por Sant Maurici o la Valleta Seca nos hizo cargar con ellos.
Los ciento diez metros de desnivel que nos faltan se nos hizo interminables. Primero es una desgrimpada por una piedra húmeda e insegura hasta encontrar la nieve, de la vertiente del Mainera, el flanqueo de 8 a 10 metros por la deshecha nieve de una pala con un 65% de desnivel y el avance penoso por ésta hasta reencontrar la vertical y afilada cresta. Después son diversos flanqueos por la piedra-nieve del lado de Peguera (II) y el paso siguiente al filo de la cresta que nos hacen entretenernos y sufrir, ya que no llevamos cuerda, de forma tal que cuando alcanzamos una de las inclinadas cumbres del Saburó son ya las doce menos cuarto. Un mar de nubes cubre la parte baja de Cabdella pero las nevadas y afinadas crestas de los Muntanyò, Mainera, Subenuix, Peguera, Monastero y Encantats en primer término y de los macizos del Posets, Maladeta y Pica d’Estats un poco más lejos bajo el cielo azulísimo y presididos por un conjunto de estanys helados o líquidos nos invitan a una placentera estancia que sólo se ve molestada por el frío viento y el pensar lo que nos falta bajar.
Empezamos a perder altura en dirección al Peguera a eso de las doce y cuarto. Espantosas verticalidades nos convencen de no ir por el lado de Cabdella y la emprendemos, después de un flanqueo por la piedra mojada (II), primero por el lado de Peguera y después por las canales de nieve buscando en la medida que nos sea posible presas en la roca (pasos de IV) del lado de Capdella hasta que la cresta hace una ventana (una hora).
La bajada por pendientes de roca helada cubiertas sólo por una fina capa de nieve, mediante pequeñas y distantes presas en la roca mojada hasta encontrar la pala de nieve nos lleva casi otra hora por lo que nos hace definitivamente abandonar la idea de regresar por Sant Maurici a pesar de las esperanzas que habíamos puesto.
La nieve del trozo que nos queda no es tan pesada como nos hubiéramos presupuesto y sí que lo es, en cambio, la del trozo final entre los estanys de La Coveta y Tort al querer pasar el lomo por este lado cosa que nos representa un conjunto de desgrimpadas y rasguños mientras contemplamos los últimos rayos de luz del Sol dorando al Muntanyò. Llegamos finalmente a la presa del Estany Tort a las cinco y cuarto y al coche a las siete y cuarto después de unas 15 horas de larga y divertida caminata.
La noche nos va a deparar una saburo-sa cena, un pequeño susto y un montón de curvas que podemos tomarnos el lujo de cojerlas por la izquierda justo antes de llegar a la autopista y a Barcelona cuando ha pasado la una de un día plenamente saboreado.
© Joan Fort i Olivella y traducido al castellano por Miquel J. Pavón i Besalú. Año 2.002

Andorra en los pies

23 de mayo de 1.976.
Otra semana de aquellas extrañas: tiempo variable, calor, lluvia, nerviosismo, clima excitado. Es cuando uno tiene más ganas de ir a oir el viento y disfrutar de las alturas de nuestra tierra que los hombres a menudo no la tratan con el respeto que se merece. Decidimos salir: Peguera, Monastero, Tossal Bovinar … Aneto en un momento de inspiración. Un día clarísimo y soleado que ya alegra y da vida justo verlo por la ventana. Ayer al mediodía empezó a soplar un ligero viento que fue dispersando las nubes. Hoy reunión de profesores, despistes del oficio, retrasos. Miguel gana el récord de tiempo en ir de su casa al colegio. Joan ayer hacía mover los pies encima de los pedales olvidando muertos recientes y acompañados en mi sentimiento que han manchado de sangre la carretera pero conviene ponerse en forma.
A las doce y media salimos de Girona. Pasando bajo la Mare de Déu del Mont planeamos una salida para el jueves próximo. Pasamos por Capsacosta y en una hora y cuarenta minutos llegamos a Ribes de Freser: otro récord. El Puigmal todavía está enblanquecido y el hambre también habla a nuestros estómagos de igual forma que estos dias han hablado estos valles en contra de las máquinas y los intereses que se las quieren comer. Compramos una cassete y pilas al mismo tiempo que llenamos la bota con vino tarragonés. Por cierto que si el otro día nos la dejábamos en la cantina de Ribes hoy parece querer dejar alguna gota: también tiene hambre o sed. Deberá querer que la llenemos más a menudo.
A las tres menos cuarto salimos de Ribes y a las tres y media estamos en Bellver. La Molina está desierta. Escuchando “Tormenta” pensamos en lo adecuado que sería ponerla como música de la película del campamento del verano pasado. En la Masella hemos de retroceder un poco ya que una barrera corta la carretera que conduce a Alp. Nos vemos obligados a hacer un pequeño rodeo y menos mal que el paisaje y la música nos hacen olvidar las penalidades y la nieve nos alegra y dirije nuestra mirada hacia arriba y por encima de las fronteras que los hombres hemos trazado con nuestro afán de dominios.
En Martinet decidimos, condicionados por el tiempo, ir hacia Aransà en vez de ir a Espot. Por entre los árboles, que ensombrecen la carretera por uno y otro lado, enfrente contemplamos la serralada del Cadí con sus canales aún cubiertas de nieve con un maravilloso contraste de colores. Llegamos a Aransà cuando aún no son las cuatro y media. Ya no queda mucha nieve por las cumbres. La gente del hostal “Pas de la Pera” nos dicen que podemos subir en coche casi hasta el refugi dels Estanys de la Pera. La carretera está pasable. En un prado hay unos cuantos caballos. En el refugio, que hay a medio camino, hay una pareja de guardias civiles que no tienen humor ni de hacernos un gesto para que paremos. Así que nosotros seguimos hacia arriba sin pararnos pensando que hay que alegrarse tanto de las penas como de las glorias y que las manzanas agrias no apetecen a nadie. Antes de empezar las últimas curvas bajamos PK y yo y subimos caminando hacia el refugio. El particular está cerrado porque el guarda está en Barcelona. En el libre hay lugar justo para los cuatro.
No hace nada de frío. Después de ir a buscar las cosas al coche calentamos la sopa y hacemos la cena en una de las mesas de piedra que se encuentran delante del refugio. Todavía no hemos terminado de cenar que llega un Land-Rover con cuatro guardias civiles equipados con ametralladoras, pistolas y radio-trasmisores y nos hacen un rápido despliegue policial. Una vez entendemos que hablando no se entiende la gente los convidamos a vino tarragonés. Piensan que somos buena gente aunque no se fian del todo. Al fin y al cabo tenemos la frontera a cuatro pasos (veinte minutos a pie) y cuesta poco cruzarla. Finalmente se van recomendándonos encarecidamente que mañana al bajar los visitemos. Encendemos el fuego, calentamos la leche con el poco butano que nos queda y hacemos una tertulia alrededor del fuego: escándalos, sinvergüenzas, gente con nariz, enseñanza, música para poner a la película, tema de la película, idea de proyectarla a los familiares, etc. Fuera del refugio vemos un valle estrellado de lado a lado: el carro, el carrito, la polar y un ligero vientecito. Son poco más de las once cuando nos vamos a dormir.
A las dos se oyen voces. Abren la puerta. Quieren dormir. Son cuatro excursionistas que dicen que quieren ir al Nepal pero resulta que no saben funcionar por nuestro país.
A las seis suena el despertador. Una ligera nube tapa la zona del Cadí. Una luna en cuarto menguante ilumina el firmamento. Nos acabamos de beber la leche. A las seis y media empezamos a andar. En una hora y diez minumos nos presentamos a la Tosseta de la Caülla (2836 m). El Cadí ya se ha despejado y nos aparece majestuoso. En realidad todo el Pirineo nos aparece clarísimo: Posets, Aneto, Maladeta, Besiberris, Peguera, Pica Roja, Pica d’Estats, Monteixo, Pic de la Serrera, Pic d’Ascobes, el cercle dels Pesons, la cresta de Gargantilla, etc. Los valles de Andorra son suaves y verdes. Dejamos las mochilas y nos llegamos siguiendo la cresta hasta el Tossal Bovinar (2835 m). Antes de llegar me cae la máquina de fotografiar. Debajo el estany de Citut con el pico del mismo nombre al lado. Ahora llegamos hasta la otra cumbre del mismo tossal con tanta mala suerte que piso el pie de PK. Está todo despejado menos una especie de niebla que hay por la zona de la Molina. Regresamos atrás por el mismo camino hasta la Tosseta de Caülla. Allá hacemos una limonada completa.
Decidimos hacer toda la cresta que desde el lugar en el que estamos llega hasta el coll de Vista. No tiene ninguna dificultad. Por el lado andorrano bajan largas e inclinadas losas de piedra. El piolet estorba más que ser de alguna utilidad. La recortada cresta con la nieve del cercle de Pessons debajo hacen un buen contraste. Suben coches por la pista de los estanys de la Pera medio congelados pero aquí arriba la paz es inmensa y el viento no es nada frío. Ahora parece que Andorra la Vella y Les Escaldes están más cerca. Estamos en la frontera. Si no fuera por los palos que nos vamos encontrando de vez en cuando no nos acordaríamos que a un lado y a otro tenemos la misma historia y este vínculo no se romperá nunca si no es por el orgullo de los hombres. Bajamos al refugio. Hemos culminado doce cumbres y ahora bajamos hacia nuestra tierra. Hacia los valles oscuros de la tierra baja. Llegamos al refugio a las doce y media. Comemos en Aransà. Cuando pasamos por la collada de Tosses recordamos tempestades pasadas con fortuna y la prudencia que hay que tener si se quiere ir por las montañas y los valles en la aventura diaria de la vida. Pasamos por Vallfogona y antes de las siete llegamos a Banyoles.
© Joan Fort i Olivella y traducido al castellano por Miquel J. Pavón i Besalú. Año 2.001.

2017 - Miquel Pavón