Blog de Miquel J. Pavón Besalú

Desvaríos escritos en cualquier hora intempestiva de la noche

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Asalto al Mont Blanc ….. el primer 4000 por mí pisado: el Dôme du Goûter

2 de julio de 1.982.
Todas las cosas que suceden suelen tener una explicación. En este caso también la hay. Lo que a lo mejor difiere de las demás es su complejidad. De todos modos trataré de simplificar lo complicado. Y muchas cosas sólo se van a poder entender si se sabe leer entre líneas.
Ahora hace ya unos meses que realicé la excursión. Muchas veces el relato lo escribo con mucha posterioridad con el objeto de saber y poder recojer más datos. En esta ocasión, evidentemente, hubo una repercusión mayor de la que me hubiera podido imaginar. No fue una excursión más. Cuando lo veo una vez trascurrido cierto tiempo incluso me asusta, en cierta forma, lo que realmente supuso. Rompió esquemas. Y es que ir al Mont Blanc ya no es cualquier cosa.

Miquel J. Pavón Besalú
Robert

Tal como se desarrolló puede parecer como si se hubiera preparado sobre la marcha. Pero en realidad no fue así. Veamos como realmente fue la cosa. Para empezar copiaré algunos fragmentos de las cartas que me envió Robert desde Barcelona a Madrid algo más de un año antes de la aventura.
26 de marzo de 1.981. La escribe en catalán pero la traduzco al castellano.
(…) “Me ha gustado mucho tu misiva. A pesar de que ayer te envié una carta ahora mismo te contesto. Ya tenía ganas de leer unos cuantos “¡va parir!” bien puestos. En la carta anterior te explico algún detalle más de nuestra aventura, pero ya tengo ganas de hacer algo bueno, y lo que has pensado es brutalmente interesante (quería decir cojonudo pero me lo he callado). Haré todo lo posible para encontrar un coche y un par de personas. Con Joan no podemos contar ya que es casi seguro que se va con unos amigos en plan de hacer algunas visitas arqueológicas. Ya veremos que hago pues algo así no se puede dejar pasar. No sé hasta que punto son factibles todos estos planes. Si el tiempo sigue así todo es posible, si no, la cosa se puede presentar complicada pero como me dices que pueden apuntarse expertos en la materia igual nosotros podemos aprender alguna cosa”.
(…) “En cuanto a lo de los Alpes me parece todavía mejor. No estaría nada mal subir al Mont Blanc. Dicen que a finales de agosto o principios de septiembre son buenas fechas. Tenemos que hacer algún ‘truqui’ para hacer algún ‘dinerillo'”.
(…) “Aquí en Barcelona he hecho un poco de amistad con un vendedor de material de montaña que ha estado en el Aconcagua, los Alpes y en los Pirineos y como se conoce estas cosas creo que nos podría aconsejar en el momento oportuno.
P.D. Tan solo se me ocurre una cosa más para decirte, una sola palabra que condensa muchas ideas, es la abstracción de muchos momentos pirenaicos, es nuestro lema, es … ¡va parir!”.
Yo recibí la carta unos pocos días más tarde y la verdad es que me impactó profundamente. Dice muchas más cosas de las que se pueden leer y pasan ocultas a cualquier otro interlocutor. Pero sigamos que aún no hemos salido. Avanza el tiempo. Unos meses. Robert está en Lloret lugar en el que trabaja los veranos y me envía en otra carta.
22 de agosto de 1.981 el día que pone en el correo lo siguiente …
(…) “Iré al grano: montaña. Tengo ganas de hablar de ello y de ir, claro. Hoy que me has mencionado de nuevo los nombres de Chamonix y de los Alpes ya no podrán dejarme. Joan tenía la propuesta de ir el año que viene. Hemos hablado de hacer un aprendizaje progresivo y adquirir experiencia en el hielo. La idea es ir a subir un par de canales por el Cadí, hacer una invernal y a principio de temporada intentar el Swan y el Arlaud al Posets que dicen que es bastante ‘potente’ para acabar con el Mont Blanc aunque si hay la oportunidad de ir este mes de septiembre yo no me la pierdo. También pensamos que hay que ir adquiriendo material progresivamente como algún tornillo de hielo, mosquetones y a lo mejor para el Arlaud un martillo-piolet y el casco. Evidentemente sin dejar de hacer escaladas en roca aunque nos tienta más ir a probar canales y más después de haber visto una proyección de diapositivas de vías de hielo en los Pirineos y Alpes (era del corredor Couterier a la Verte, la cara norte a las Courtes, les Droites y el couloir de Gaube).
Son muchos planes y ya veremos que hacemos al final de todo esto. En fin que ya tengo ganas de que vengas y nos vamos con Joan a hacer algo”.
A muchos les sorprenderá que ya habláramos del Mont Blanc con más de un año de anticipación. Pero en realidad no es tanto. Para los que formaríamos parte de la gran aventura esto ya era suficiente preparativo. Un dato a tener, creo, en cuenta: tenemos justo los veinte años recién cumplidos. Una locura. Con lo hablado cualquier persona sensata, no loca como nosotros, no ve nada más que un hablar entre jóvenes de un remoto-plan-teórico-poético-deductivo que no va más allá. Muy bonito y nada más. Pero ya son muchas vivencias en la montaña juntos las que hemos pasado y los dos sabemos perfectamente que se habla muy claro y muy en serio. Con lo dicho a la mínima oportunidad que pudiera encajar el plan se engancharía una cadena que ineludiblemente nos conduciría al objetivo fijado.
Una serie de sucesos en los últimos meses a mí me han cambiado totalmente la situación. Ya era el tercer año que vivía en Madrid. Me había desplazado a la capital para estudiar una carrera. Tras una serie de problemas durante los últimos meses del curso escolar tuve una serie de crisis a todos los niveles. El problema que vivía sólo lo podía compensar con algo de su mismo nivel. Necesitaba realizar algo en la montaña lo suficientemente audaz para que me compensara y me indicara que la angustia mental y los problemas se podían superar de la misma forma. El que no ha hecho montaña quizás no entienda el paralelismo. Pero existe. Cojo el teléfono en Madrid. Soy muy escueto.
– “Robert esta noche llego a Girona. tendré unos días libres. Mañana por la mañana si quieres vamos aunque sea los dos solos al Mont Blanc. ¿Te parece bien?”.
– “Sí”.
– “¡Vale! Llamaré otra vez cuando llegue. Llama a Joan. Tengo coche. ¡Va parir!”.
– “¡Va parir!”.
En Madrid digo que me voy a buscar nuevas posibilidades para estudiar el curso siguiente. Y mientras piensan que el coche se va a Barcelona en realidad se va a Suiza.
Hemos quedado en el restaurant La Llarga de Girona a las nueve de la mañana. Robert llega de Lloret con el autobús. Va a pillar los francos que pueda del hotel puesto que con el cambio podemos ahorrarnos algo y la comida que crea necesaria para todos los días. Joan no se anima. Comenta que para ir al Mont Blanc es necesario como mínimo un mes para irse mentalizando. Ni siquiera el interés turístico lo ve dentro de las posibilidades aceptables por su mente. En fin. Otra vez será. Yo voy embalado. Todo son prisas y gestiones pendientes. La mochila la preparo en Girona una vez llego del viaje de Madrid. Robert no falla. A Joan le vaticino que es muy difícil que lo subamos en un primer intento pero con el estudio de la situación a la segunda sí es bastante probable que se pueda subir aunque si se deja se deja. No habíamos encontrado mucha información de la zona. Íbamos a la aventura pura y dura.
Cuando me levanto acompaño a mi madre a comprar al supermercado. Con un fuet en la mano acaba por preguntarme, intrigada, a dónde vamos. Yo, con un esfuerzo de naturalidad, le digo que vamos a comernos unas butifarras a Nuria. Si le digo que me voy al Mont Blanc se me desmaya allí mismo o me sopla una torta de alucine. Estoy seguro. Y como no quiero saber cual de las dos opciones hubiera preferido opto por la ‘salida de emergencia’. Y coló. Eso sí, me insiste en que regrese para poder ir a hacer la matrícula a la universidad el día cinco. Hoy es 30 de junio. Hago mis cálculos rápidamente. Tengo los días justos. Adelante.
Llego media hora tarde a la cita convenida. No tenemos suficientes francos. No me ha dado tiempo a cambiar moneda. Tanto da. Nos vamos. Robert se despide de Meritxell. Nos ponemos en marcha hacia la frontera.
Cruzar el puesto fronterizo es de risa. Hacen la vista gorda para todo. Nosotros por no saber no sabíamos que teníamos que cojer la carta verde. Nos enteramos al regresar. Pero con el control que hace la policía pasamos sin ella. En Els Límits cambiamos 3000 pesetas en francos y compramos un carrete de fotos para la máquina de Robert.

Els Límits

Llenamos el depósito de gasolina en La Jonquera y entramos en la autopista en Le Boulou.
Narbonne. Béziers. Montpellier. Nîmes. Avignon. Orange. Montélimar. Valence. Grenoble. Chambéry. Albertville. Megève. Saint Gervais les Bains.
Fue un viaje rápido y sin incidentes. Hablamos mucho. Paramos en una gasolinera para comer un bocadillo y comprar un mapa de carreteras de la France. En Orange paramos de nuevo para poner más gasolina y cambiar otras 3000 pesetas en francos antes de que cerraran los bancos. En Valence compré unas postales para mi hermano Juanjo que hace colección. Otra parada más para poner más gasolina y llegamos a la estación del cremallera de Saint Gervais les Bains.

Estación del Tramway Mont Blanc

Hemos perdido el último cremallera que ha salido al mediodía. Hasta mañana no habrá otro. Vemos que la “meteo” prevee algo llamado “l’orage” (o algo similar) para pasado mañana. Eso no sabemos que quiere decir pero el nombre como se ve feo nos da mala espina. Comemos tranquilamente. Discutimos el plan. Decidimos caminar el recorrido del cremallera esa misma noche para procurar ganar un día.
Empezamos a andar por la vía del tren a las ocho de la noche. Interpretamos mal lo que hay que andar porque no nos damos cuenta que el mapa es un 50000 en lugar de ser un 25000 y pasó que lo que pensábamos que serían tres horas acabaron siendo seis. El recorrido realizado es inmenso: Saint Gervais les Bains (808 m), col de Voza (1653 m), La Hutte (1790 m), col du Mont Lachat (2077 m) y refugio Le Nid d’Aigle (2372 m) unos 1500 metros de desnivel en unos 25 kilómetros. Toda una prueba a nuestra preparación física. De vista nada de nada pero se percibía un ambiente sobrecogedor que nos empezaba a preparar nuestra psique para lo que nos iba a suceder al día siguiente. A eso de las cuatro de la madrugada nos encontramos con el refugio cerrado. Sin pensarlo dos veces instalamos el vivac en la misma puerta.

Le Nid d'Aigle

Primer día de julio. Nos despiertan unos rebecos que estan pastando plácidamente a unos metros de nuestra cama de hormigón. No tengo ni tiempo de hacer un bostezo que oigo un ruido estrepitoso y horrorizante. Es el glaciar que tenemos enfrente al que se le ha desplomado un sérac y ha provocado un alud. Es el primero que veo en mi vida en vivo y en directo. Es como si vieras el miedo delante tuyo cara a cara. La montaña aquí habla muy clarito y empieza a prepararnos mentalmente.
Nos movemos lentamente. Lo recojemos todo. A las ocho de la mañana empezamos a andar de nuevo siguiendo el camino que nos ha indicado la dueña del refugio. No se va a nadie. Hacemos la parada de rigor para desayunar a la luz del Sol. Hemos pasado por una especie de cabaña y nos encontramos a un francés que sube muy ligero de equipaje y solo. Nuestro francés es muy elemental pero hay algo que nos tiene inquietos desde ayer …
– “Monsieur, qué-est-que-cer l’orage?”.
Ya se nota que no somos de la tierra o algo parecido que el hombre se pone a gesticular con los brazos de arriba abajo muy acaloradamente y con un ruido nos representa un …
– “Brrrrrroooooummmmm, esssssquitxxxxxxxx, criiiic, buuuuuugggggggg”.
¡Va parir! L’orage significa ¡tormenta! Y la previsión era para mañana por la tarde. ¡Ostras! Pero la conversación no acaba aquí. Se nos debe notar algo en la cara. Nos hace entender que es necesario llevar casco. ¿Un casco? Pero, ¿para qué podemos necesitar el casco? Como no sabemos francés resolvemos una intriga, la de l’orage, y nos aparece otra la del casco. Y la cuestión es que el buen hombre llevar, lo que es llevar, lleva poco, poco, poco pero de lo poco que lleva lleva un casco. ¡Jolín! También parece que el sitio por el que hay que subir es por la arista que veamos que va por el medio, nos asegura que es el itinerario normal y que aquí la conocen con el nombre de Payot. No sabemos si el francés nos ha querido hacer de padre o nos estaba alucinando pero la cuestión es que nos quedamos bastante preocupados a medida que vamos sabiendo más datos. Pero como el camino se va viendo bien continuamos por unos pedregales y unos neveros hasta que llegamos al refuge de la Tete Rousse a 3167 metros. Estamos en la puerta de las dificultades y nosotros ya estamos extenuados. Decidimos parar bastante rato, aprovechar para comer y preparamos un té con el hornillo ya que hemos de empezar a fundir nieve si queremos beber. Por fin ya empezamos a ver algo de gente: guías, clientes arrastrados por la cuerda, japoneses, alemanes y trabajadores que acondicionan el refugio para empezar la temporada veraniega. Al fondo tenemos de marco la impresionante cara norte de l’Aiguille de Bionnassay.

cara norte de l'Aiguille de Bionassay

El tramo que va del refuge de la Tete Rousse al refuge de Goûter (3817 m) es el de mayor dificultad y peligro. Transcurre, efectivamente, por la arista Payot que tiene algunos pasos claramente de III, digan lo que digan, y es que es casi imposible seguir una ruta determinada puesto que a la que te sales un metro del camino la dificultad se dispara siempre. Pero aún no hemos llegado a la arista de marras. Antes que hay que cruzar una canal de nieve infernal. El peligro es evidente. Cuando lo cruzas, si es que te atreves a hacerlo, te ves bombardeado constantemente con piedras que caen a una velocidad increíble. Piedras francamente grandes. Ya sabemos ahora qué es lo del casco. Hay puesto un cable para que le pongas un mosquetón. No sirve para nada. Bueno, miento. Caso de que te dé una china en el coco el pobre que te viene a recoger lo que quede de tí no tiene el trabajo de irte a recoger al quinto infierno. Se te quedan tus pedazos allí atados al cablecito de marras.

cruzando el couloir con caída de piedras

Son unos cincuenta o sesenta metros. Creo que no se pueden hacer a la carrera. Hay que mirar arriba constantemente. Hay que seguir a cada una de las piedras y estar atento al último bote. Casi imposible. Nosotros optamos por cruzar de uno en uno mientras el otro ayuda a vigilar por lo de que cuatro ojos ven más que dos. Una vez hemos cruzado no hablamos. Es un silencio sepulcral. Respiramos hondo. Y eso que miro la canal una y otra vez. Todavía no sé cómo lo he hecho pero la he pasado y sigo vivo. La vuelvo a mirar. Está cruzándola ahora un japonés que va solo. Está como enloquecido. Sólo mira al suelo y corre mucho. No mira a las piedras. Le caen una tras otra. Va con suerte no le tocan. Pero …
– “¡Pedra! ¡Pedra!”, le grito en catalán ya que en japonés no tengo ni idea de como se dice.
Afortunadamente mi grito le ha hecho parar un instante. El justo para evitar un impacto mortal. Le pasa un pedrusco a menos de un palmo de la cara. Si no se hubiera parado ahora estaría en el otro barrio. Ni gesticula. Es japonés. Tampoco rie ya. Esa típica risa del japonés. Llegando me hace unas reverencias. Las típicas de los japoneses. Pero sin decir nada sigue su camino y continua sin detenerse. ¡Japonés tendría que ser!

subiendo por la cresta a l'Aiguille du Goûter

Subir por la cresta nos ha costado lo nuestro. De telón de fondo hemos tenido constantemente aludes por doquier. Cae alguna que otra piedra pero la cosa no es como lo de la canal. Toda la cresta está muy descompuesta y los montañeros que van delante te tiran piedras sin querer. Es indescriptible nuestro estado de ánimo al llegar al refugio. Sería alrededor de las seis de la tarde. Esta maravilla de la técnica está emplazada en la misma cumbre de l’Aiguille du Goûter. Es nuestro récord de altura. En las mesas están sentados los grupos que han ido llegando. Al fondo los dos japoneses y uno de ellos es el que hace unas horas le salvé de un impacto con una piedra. Sigue un guía y su cliente muy callados y con caras de pocas migas. Luego los alemanes que nos vienen a decir que se van a dormir con la tienda de campaña un poco más adelante. A continuación estamos nosotros los jóvenes intrépidos. Y detrás nuestro cierra el panorama un matrimonio ya entrado en años. Todos se desenvuelven con una soltura impresionante menos nosotros. Nuestra atención acaba con la mirada fija en el plano intentando escudriñar una escapatoria mínimamente aceptable mientras derretimos nieve en el hornillo.

refugio de Goûter

Pasan las horas y no resolvemos mucho. A Robert lo veo muy preocupado por el descenso. No hay que ser adivino. Tampoco hace falta decirlo. Simplemente no vamos a bajar por donde hemos subido. Punto final. Para colmo de males el guarda no nos aclara nada. Su genial solución es subir al Mont Blanc y descender a l’Aiguille du Midi cresteando y poder bajar con el telesférico. Pero en el plano vemos una ristra de cuatromiles que hay que cruzar. El muchacho nos insiste que sólo es necesario saber cramponear bien. No nos convence. Vamos a dormir. Ya resolveremos la papeleta mañana.
¡Esto es inhumano! A las dos de la madrugada se despierta todo el mundo. Y todos una vez equipados van a desayunar lo que les ha preparado el guarda. Como nosotros no tenemos dinero no desayunamos y así resulta que salimos los primeros. Toca abrir vía. Camina que camina. Un paso tras otro. Metro a metro avanzamos. Lentamente nos alcanzan los otros grupos y nos piden paso. Llegamos a la cumbre del Dôme du Goûter a 4304 metros. Es oscuro. Negra noche. Paramos brevemente y seguimos adelante. En el siguiente collado, el col du Dôme a 4237 metros, están los alemanes con su tienda de campaña. A continuación tenemos otro repecho y en su cumbre está el refuge Vallot a 4362 metros. Su interior está en muy mal estado. Robert se encuentra mal y se tumba en las cochambrosas colchonetas. Al poco rato se queda dormido. Se le ve como tiembla de frío y, dormido, insiste una y otra vez que tiene mucho frío. Me asusto mucho. Le miro de tapar con lo único que hay a mano las colchonetas y miro de pasar el rato. Yo también me encuentro mal pero no tengo sueño. A mi me duele profundamente la cabeza. Supongo que es debido a la altura a la que estamos. Pasa el tiempo. Todo queda cubierto rápidamente por nieblas bajas. Cuando han pasado casi tres horas intento despertar a Robert. La cosa se pone muy mal. Se acabó el Mont Blanc aquí mismo. Hoy hemos de bajar como sea. Una vez se despierta visto lo posible y lo imposible nos damos por satisfechos y nos lanzamos glaciar abajo. Vamos a intentar ir directamente a Chamonix por el glaciar de Bossons. Una salvajada pero es lo único que hay. No tenemos elección.

descenso por el glaciar de Bossons

Dentro de la niebla no sabemos si se va a formar una tormenta o no. Tenemos una bajada de más de 3000 metros de desnivel por delante.

glaciar de Bossons

El descenso fue toda una dura prueba de audacia y técnica. No existía ninguna señal que nos dijera por donde va el camino. Vamos a bajar por donde se pueda.
Lo peor es que de vez en cuando te encontrabas que estabas literalmente sobre una visera de una cornisa que colgaba en el vacío de una de las muchas grietas. Había que sondear cada paso con el piolet. Testear la resistencia de la nieve y mirar si podía aguantarte o no.

glaciar de Bossons
glaciar de Bossons

Evitamos aludes de nieve y piedras. Sorteamos grietas, saltamos grietas, nos metimos dentro de las grietas, escalamos grietas, grietas y más grietas. Más de una vez hubo que desandar tramos de camino porque conducían a un punto que no te dejaba continuar. Es lo mismo que estar metido en un laberinto. Pero aquí no sabíamos si realmente éste tenía realmente una salida.

glaciar de Bossons

Tambien tienes que saber bien la longitud que eres capaz de saltar con seguridad. Después de bajar muchos metros de desnivel y muchas horas más tarde llegábamos a la boca del túnel a unos 1300 metros sobre el nivel del mar. Estamos extenuados, hambrientos y muertos de sed.

al fondo Chamonix

A partir del túnel todo fue un caos. Simplemente estábamos agotados. Nos era difícil pensar y hacíamos las cosas por inercia. Hicimos auto-stop. Unos madrileños nos bajaron del túnel. Como no nos paraba nadie Robert, harto de esperar, simplemente se puso en medio de la carretera y les paró literalmente el coche. En Chamonix más rápidos que la luz nos engullimos cuatro botes de Orangina en un momento. Luego dos auto-stops más nos llevaron hasta Saint Gervais que era donde estaba nuestro coche aparcado. Con el coche tuvimos que regresar de nuevo a Chamonix para cambiar todo el dinero que nos quedaba en un chiringuito que abría por las tardes y … carretera y manta.
Robert se durmió para no despertar hasta llegar a España. El regreso lo hicimos por otro camino que era algo más largo pero resultó que era de mejor carretera. De haber tenido tiempo hubiera sido interesante haber visitado algunas localidades. Cluses. Bonneville. Annecy. Aix les Bains. Chambéry. Voiron. Romans. Valence. Montélimar. Avignon. Nîmes. Montpellier. La Jonquera.
En Nîmes me comí un paquete de galletas y eso que me despisto y me paso un semáforo en rojo. Al rato empezaron a perseguirnos los gendarmes franceses pero les despisté. En Montpellier intenté llamar a la familia para decirles que nos quedábamos sin dinero y sin gasolina antes de llegar a la frontera pero no acabé de saber marcar correctamente los prefijos y me quedé con las ganas. Entramos en la autopista y tuve dos sustos cuando me despierto con el ruido de las bandas sonoras que me indicaban que me salía de la calzada por lo que tuve que parar para refrescarme la cara. Llegando a la frontera resulta que como no llevamos la carta verde nos hacen bajar las cosas y empiezan a revisarnos todo el equipaje de arriba abajo. Realmente una bromita de mal gusto a eso de las tres de la madrugada. En la primera estación de servicio del país pudimos cambiar un cheque de gasolina por dinero y resolvimos la papeleta. Aún no sé cómo el coche andó tanto tiempo con la reserva. Llevé a Robert a Lloret y me fui a Girona a dormir. Entro en la cama a eso de las seis de la madrugada después de 28 horas seguidas de actividad frenética.
Cuando me despierto al día siguiente veo a mi padre sonriendo y sentado en mi cama que me dice …
– “Tú no has ido a Nuria a comer butifarras … ¿verdad?”.
– “¿Y cómo lo has adivinado?”, le respondo adormilado.
– “Pues porque anoche al subirte las cosas te dejaste las postales que has comprado en el coche y, la verdad, no se ve precisamente nada de Nuria”.
– “Jejeje”.
© Miquel J. Pavón i Besalú. Año 2.002.

La gloria sube por los caminos angostos (Ovidio)

Excursión realizada el día 23 de febrero de 1981.
Tal y como estaba previsto, decidido delante de una cerveza, a finales de enero teníamos que ir al Coma Lo Forno en un fin de semana que reunía todas las condiciones por una bofetada. Pero por motivos ajenos a nuestra voluntad se aplazó al domingo siguiente que era el último del mes de febrero.
Nos auguran resbalones a go-go. Dejamos las direcciones y teléfonos en nuestras casas por si no regresáramos, hacemos testamento y a las ocho del sábado salimos hacia Bohí. Somos tres (Josep S. Joan F. y Robert C.). La niebla nos hace malas pasadas hasta Balaguer pero después la pasta se despeja y podemos ver desde la carretera la panorámica del Monte Perdido hasta la Punta Alta. Enmarcada por robles centenarios nos introducimos por la Ribagorça que tiene el río totalmente helado. En Caldes no hay nadie. Hacemos las mochilas, nos preparamos y empezamos a andar. El camino sube con una pendiente constante y nos hace parar a menudo para tomar aliento.
Una cascada helada nos anuncia peligros próximos. Todo el valle del Gémenes se ve poco practicable. A cada paso nos vamos hundiendo más y más. Se oyen bastantes “¡va parir!” pues ya estamos de nieve hasta las … De rodillas salimos de este suplicio y procuramos acercarnos a unas piedras que parecían nuestra salvación y digo bien parecían por lo que pasó un tiempo después.
La pared es cada vez más vertical. Esto es un callejón sin salida. No sabíamos por dónde nos metíamos pero la cuestión era salir de esa sopa. Las presas son inseguras y pequeñas. Verticalidad. Cansancio, nervios y fundamentalmente tenemos un excesivo peso sobre nuestras espaldas. Suspensión de un pie, las manos se desprenden y sensación de vacío.
Fue cuando yo ya estaba al final de esta corta pared, en una posición inestable cuando oí dos claros: “¡NO!” que rompieron el silencio de la tarde. Vi con toda claridad la caída. Yo estaba a unos metros por encima de él. Entre el cuerpo y la mochila, que rebotan en la pared, se frena y hacen que no reciba ningún golpe en la cabeza. Después las plantas y los matorrales acaban de pararle provocándole sólo algunos rasguños. Silencio.
– “Joan! Contesta! Dí algo! …“.
Silencio.
– “Estoy bien“, contesta con una voz algo temblorosa.
Robert, que todavía está en una posición algo crítica, pregunta si tiene que bajar a ayudarle. No hace falta. Robert se pone a filosofar. Josep que está rezando por el alma de Joan baja a socorrerle. Seca los labios sangrantes y las rozaduras. Son todas las heridas superficiales y fundamentalmente morales (psicosomáticas, ¡ole!). Una de las conclusiones que tuve es que esto de las invernales es puro masoquismo pero que a pesar de todo no me desagradaría repetir el intento.
Intenta levantarse, está mareado, las piernas le sostienen a pesar de los fuertes dolores. Josep se encarga de llevarle la mochila. El valle queda tranquilo dajo los últimos rayos solares.
Estamos a 2100 metros en un llano que forman las estribaciones de La Lequeutre y hacemos un agujero en la nieve. Plantamos la isotérmica que, fundamentalmente, hasta ahora sólo ha hecho que estorbar. Una cena rápida, el Sol que se esconde y el frío pasa a protagonizar la escena. El cuerpo empieza a temblar y se introduce en el saco. Se avecina una larga noche. Doce horas de humedad, frío, hielo arrugado a nuestras espaldas, poco espacio al ser nosotros demasiado largos para una tienda tan corta, … se está gestando una elegía acerca de la isotérmica.
Joan insiste y nos da moral hasta las cinco de la mañana que suena el despertador. Cuesta levantarse y engrasar los cuerpos arrugados. Las botas están heladas. La temperatura mínima prevista era -10 grados centígrados, es inaudito, se han vuelto a equivocar en las predicciones. Finalmente sacamos la cabeza y todo lo demás. Hace frío, está todo el cielo cubierto de estrellas e iniciamos la marcha. La nieve está helada y la pendiente es acusada. Se divisa ya la Punta Alta y la Punta Passet parece como si nos estuviese desafiando.
Josep resbala y se frena con el piolet. A 2400 metros la pendiente disminuye hasta hacerse casi llano el trayecto. Ya vemos nuestro objetivo. El Sol acaba por salir y descansamos un rato para desayunar. Decidimos no ir al Coma Lo Forno iremos a la Punta Lequeutre. Los mapas de la Alpina engañan al personal.

Joan sobreponiéndose a los dolores sigue lentamente hasta donde nos encontramos.

Ya sólo Robert y Josep comienzan la arista que tiene un poco de nieve y hielo. Los pasos se complican mucho. El día es espléndido y soleado. La vista va ampliándose. El Bessiberri Sud y el Coma Lo Forno nos acompañan toda la ascensión.
A 200 metros de la cima tengo que abandonar todo gracias a un empacho de galletas. Durante más de una hora gozo de la soledad de la cresta. Mientras Josep, en solitario, corona la Punta Lequeutre y ve a la Punta Passet asequible pero decide regresar inmediatamente con los demás. Ya me he restablecido y regresamos con la moral de haber coronado un tresmil. En poco rato llegamos de nuevo a la isotérmica a eso de la una.
En la bajada tenemos que encontrar un camino, va directo al Balneario, nos volveremos a hundir y tenemos que desenterrar varias veces a Joan. Menos mal que parece tener siete vidas. Esta vez encontraremos el camino a la primera.
Abajo saboreamos el agua de Caldes y la cerveza de “Las Cumbres“.
En el coche me viene a la cabeza lo de las bienaventuranzas y pienso que se les olvidó una “… bienaventurados los caídos por causa de la montaña porque ellos llegarán a sus cimas …“. Después de inaugurar un restaurant y cenar nos dirigimos directos sin nieblas ni demás peligros atmosféricos hacia “Can Barça“. La cama ofrece a los cuerpos doloridos un buen acogimiento.
© Robert Caner. Año 2.002.

Todos los Santos de 1978: la excursión de los Juanes, Caouarere y Culfreda

Una excursión realizada el 4 de noviembre de 1978.
Son las nueve menos cuarto cuando nos encontramos en la calle con la mochila en la espalda cuatro Juanes para hacer con otros seis compañeros más una excursión. Vamos llenando los coches y salimos a eso de las nueve y diez.
Una niebla bastante espesa nos acompaña hasta Martorell y luego se vuelve a reenganchar, ahora de humo y de gases de mal olor, entre Mollet y Sabadell. En El Vendrell tenemos que esperar que pase el tren y aún y así llegamos a Calafell más pronto de lo que la madre de PK se esperaba. Muntaner también tiene ganas de ir a Torredembarra a ver a sus padres. A pesar de lo ocupados que estan los demás lo pasamos con vinillo, almendras, avellanas, sugus y pan de la casa. Salimos de Calafell a eso de las cuatro menos cuarto y llegamos a Plan pasadas las ocho de la tarde. Es de noche y hemos hecho 531 kilómetros. Hace frío. Nuestra primera reacción es ponernos el jersey y entrar en el bar del lado de la carretera. Dentro, la estufa de leña y los hombres quemados por el Sol jugando a cartas dan un tono familiar al ambiente. Pedimos comer los bocadillos que llevamos y nos sirven el resto muy amablemente. Mientras los compañeros cenan PK y Gerald hacen una primera prospección del pueblo y se encuentran con dos gratas sorpresas: una viejecilla que con toda la amabilidad nos acompaña hasta el Hostal y la casualidad de oír por la tele, y de forma muy repetida, el nombre de San Juan de Plan mientras estamos bebiendo en la barra. Resulta que emiten el programa “Raíces” dedicado a los bailes y delicados útiles de trabajo de artesanía -como podrían ser los calcetines de lana, mantas, tapetes, etc- que tan bien se han conservado en este pueblecito tan alejado de la civilización y acostumbrado a sufrir las inclemencias meteorológicas más duras superándolas con los medios materiales que están a su mano. Con un acompañamiento tan gustoso la abundante ración de sopa y las costillas se comen con más deleite. Los que se han quedado en el bar de abajo todavía lo viven más intensamente puesto que algunos hombres que estan a su lado aparecen en el programa o son parientes de los que estan saliendo.
Enbobados con este espectáculo plantamos las tiendas en la chopera del lado del río Cinqueta. Una nube con forma de cabeza que se deja caer con forma de gotas frías lo humedece todo pero la tienda la repele en una noche en la que el sueño no es ni muy profundo ni muy relajador. Lo que sí nos relaja un poco, aunque nos hace pensar, es el juego de adivinar las montañas a partir de las cifras de sus alturas. Luego el juego va derivando poco a poco a montañas que llevan nombres de montañeros y, como no, montañas que llevan nombre de montañeras … Antes de dormirnos Braxman nos relata ampliamente las sensaciones que uno tiene cuando escala una pared y resulta que ves claramente que te has desviado de la ruta correcta.
El viernes nos levantamos a las ocho. Hace fresco y no hay nubes. Mientras, el Sol va enseñando la cara detrás del Puig Alfar y va calentando las casas más altas del pueblo. mientras vamos desayunando lo presenciamos todo. Un espectáculo vivo y rítmico de un despertar y salida de las personas y animales del pueblo: pequeños grupos de vacas grises con sus respectivos terneros, cabras, mulas y burros acompañados de sus pastores y pastoras de piel quemada y arrugada con perros de todas las medidas y pelajes más variados desfilando a pasos acompasados por el camino del río. También pasa, camino del Monte de Plan, un Land Rover que carga a los bosquetanos del pueblo. Y un hombre que ya ha hecho el trabajo puesto que los dos mulos que lo siguen llevan unos grandes fardos de leña para el fuego.
Ya es mediodía cuando emprendemos, en coche, el camino de Viadós. Está asfaltado hasta San Juan de Plan y el brancal que lleva hacia Gistaín. El pueblo se encuentra a 1400 metros de altura en el lado soleado de la montaña con torres de diversas casas señoriales y de un campanario que sobresale por encima del resto de los tejados. Baja por un camino de piedras un mulo que lleva las alforjas llenas de mierda hacia los próximos desnivelados campos. Es con este paisaje que uno entiende lo que significa la supervivencia y la utilidad de los múltiples animales en estos lugares. En la entrada del pueblo un hombre menos corpulento pero no menos amable de los que habíamos conocido antes nos dice que el refugio de Tabernés está abierto, que hay muchas vacas en Viadós, que la carretera es buena pero con bastantes piedras a las que habrá que subirse con las ruedas con el objetivo de no rebentar el cárter -como ya han hecho algunos-, que están haciendo muchas pistas por la zona de Plan y que desde aquí mismo arranca una con el objeto de llegar a Bielsa, que no quedan nunca incomunicados, que nos les hace miedo que se les ponga un metro de nieve en la puerta, y … etc. etc. etc.
Una vez estamos en el camino o pista de Viadós podemos comprobar como no se denomina así sino que se llama “senda pirenaica” que le da un aire como de maño o madrileño al igual que la torre de vigilancia que se encuentra instalada en el lado de uno de los campamentos. Un reguero de bordas o “quadras” se va extendiendo en el centro de los prados situados a lado y lado del camino. Se ven mujeres tejiendo calcetines y hombres durmiendo a la vez que guardan sus respectivos rebaños de vacas. Las pétreas y largas crestas del Posets y Las Espadas junto con las más proporcionadas de La Forqueta y de los Eristes se nos muestran soberbias y altívolas ante nuestros flipados ojos cuando llegamos a los Llanos de Viadós y empezamos a andar, menos los conductores, camino a Tabernés. Hay vacas en los prados que rodean el refugio. El Batoua, conocido en este país como Culfreda, preside majestuoso este frío valle.
Para conocer mejor el camino que tendremos que hacer mañana por la noche un grupo anda una hora hacia el Puerto de la Madera. Cuando regresa la comida-merienda-cena ya está preparada y el fuego enrojece e ilumina la fría estancia. El pastor se calienta y con un hablar rápido pero mesurado y amigal nos explica que guarda quince vacas en este terreno comunal. Por lo visto, la parte baja del valle es particular, en Gistaín hay casi ochocientas vacas, que en el invierno lo pasan muy mal para alimentar a tanta vaca y las tienen que tener dentro de las bordas, que el año pasado subió aquí un solo coche en el mes de enero, y tal y tal y tal … Nos abandona muy a su pesar … El Sol dora con sus últimos rayos la mole del Culfreda y nosotros meditamos alrededor del fuego las aventuras del Braxman entre los esquimales, las condiciones que le conducen a uno a tirar cocteles-molotov, las posibilidades de usar un piolet como arma defensiva, …
El sábado nos despertamos que son poco más de las tres de la mañana. El cielo sigue estrellado como ayer y una helada que te pone la piel de gallina cubre la tierra. Un vaso de leche chocolatada nos pone a buena temperatura.
Salimos a las cinco con pasos cortos y sólo los alargamos cuando nos llega un azote de aire frío procedente del Puerto de la Pez. A las seis y cuarto pasamos por la piedra que tiene pintado en rojo “camino del Puerto de la Madera” que está situada poco después de aquella que pone eso de “senda pirenaica”.
Empieza a clarear cuando subimos por una zona de hierba y matojos. Un gendarme de la cordillera que pasa a nuestra izquierda nos cautiva. Más tarde son las primeras luces del alba que pinta de oro viejo la falda y paredes del Culfreda y la larga cresta que desde éste desciende hacia el Puerto de la Madera. Por fin, y limitándonos a los elementos orográficos más inmediatos, ante nosotros las paredes cortadas a plomo de la Peña Blanca.
Nos paramos a desayunar -queso, chocolate, membrillo, fuet, bacon, jamón, higos, avellanas, pan, limonada, leche y litines- bajo el mismo puerto, en el lugar que nace el río, a las ocho y media. PK que hasta ahora a ido subiendo lentamente y animándose con mútua conversación con el Braxman dice que no tira y que se va a quedar en el puerto: va a ser el anuncio de un manifiesto, largo y doloroso suplicio.
Continuamos la fuerte subida por la hierba y tartera hasta el Puerto de la Madera. Llegamos en un cuarto de hora. Las penumbrosas y pálidas paredes de la Punta Fulsa tienen un aspecto muy invernal. De poniente a levante el Marboré y el Posets dominan, aunque lejanos, todo el paisaje. A medida que vamos superando la enfilada y ancha cresta del Cauarere van apareciendo detrás suyo los picos que escondía el Monte Perdido, los Astazus, el Vignemale coronado de nieve. PK y Braxman se quedan y los demás coronamos los 2901 metros a las diez y media. Casi sin pararnos y en una media hora más llegamos al Culfreda de 3034 metros sorteando las dificultades de su entretenida cresta unas veces por la vertiente española y las otras por la francesa.
Asímismo, la diferencia de color entre cada una de las vertientes es muy evidente. Por el francés los abetos remontan la ladera casi hasta nuestros pies y se descubren grandes manchas de nieve entre sus pobladas copas y se puede llegar a ver, incluso, un pueblo enblanquinado y un embalse de color sepia en medio de un general color oscuro. Por el español el único habitáculo es el refugio donde hemos dormido y todo lo demás son montañas pedregosas y afiladas, clapeadas de nieve en las paredes más resguardadas y bañadas por dos estanques inmersos en la penumbra: el de Ordiceto y los ibones de Bachimala.
Por lo que respecta a las cumbres, y en dirección E-S-W, la corta estancia en la cumbre me hace descubrir el Baliner, el Lostou, el Abeillé, el Pequeño y Gran Bachimala, la Punta del Sabre, los Gemelos, el Posets, Las Espadas, el Pavots, la Forqueta y el grupo de los Eristes, la Peña Blanca, las Tres Huelgas, la Punta Suelza, la Punta Fulsa, las montañas del cañón de Añisclo, las Tres Sorores, los Astazus y el Vignemale.
Bajamos, ahora siempre por el filo de la cresta hasta encontrarnos de nuevo con PK y el Braxman a eso de las doce del mediodía. En el descenso PK va acusando las punzadas y la asfixia producidas por la hernia de esófago. Para acabarlo de rematar no encontramos agua hasta que llegamos a la mitad del bosque. El sufrimiento moral y físico tanto de PK como de los que lo acompañamos es notable. Afortunadamente un azucarillo con nieve y después otro con agua ferruginosa le permiten hacer un gran erupto. Parece que le alivia algo y conseguir llegar fatigado al refugio a eso de las tres de la tarde sin haberse dado cuenta de nada de lo que le ha sucedido en todo este tiempo.
Comemos un poco, lo recojemos todo y nos las piramos. Los que bajan a pie se lo cojen con calma porque dicen que estan cascados pero resulta que cuando se les aparece un perro saben correr como el que más. Reencontramos al pastor de ayer y a la gente de Plan y de San Juan de Plan que regresan al pueblo con mulas cargadas de leña y burras que si no obedecen se las insulta con un clarito “burra del cojón” estrepitoso. En Plan la gente nos pregunta si hemos subido y si allí se pasa frío. En Sin nos repasan con una cara de curiosidad y extrañeza -vamos tres coches- muy inquietantes. Pero nos ofrecen la rectoría para que vayamos a dormir.
Cenamos en el comedor familiar del bar de la carretera de Plan. Nos sirven sopa, ensalada, verdura, tortilla, hígado, costillas y fruta todo por 300 pesetas mientras Braxman intenta convencernos de bajar el Fluvià con una balsa de madera hecha por nosotros mismos (Nota del traductor: como podeis claramente comprobar Braxman es, ni más ni menos, que el precursor del rafting) y PK se enrolla con lo de la universalidad de los sabadellenses. Entendemos la amabilidad con la que nos ha acogido esta gente cuando la señora del bar nos dice que tuvieron un maestro que era de Girona. Pobre hombre. ¡Qué destierro!
El domingo salimos a las siete y cuarto de Plan. Sólo encontramos un par de coches hasta La Foradada. En Arró un Sol redondo como una pelota reluciente pero que está difuminado por un cielo calichoso y que saca la nariz por encima de la montaña constituye el tema fotográfico de todos los objetivos exigentes del coche. En Barbastro acabamos las provisiones y hacemos la crónica del mercado musical.
Braxman sale el primero. No vemos por donde ha salido. Esperamos a que el semáforo se ponga verde y el urbano nos deje salir. Apretamos el acelerador a fondo y paramos en Monzón para considerar las posibles hipótesis más probables: Huesca o Lleida. Lo esperamos media hora y seguimos el camino. Paramos de nuevo en Las Balsas y esperamos infructuosamente una hora y media más. Durante este rato nos entretenemos a arreglar el reventón del Simca. Planteamos la hipótesis de que se hayan ido a Huesca y regresado por Fraga y la autopista o que simplemente se hayan ido hacia Girona sin parar. Desanimados proseguimos nuestro camino. En el área del Vallés telefoneamos y nos dicen tranquilamente que ellos ya han llegado. El hambre aprieta y les maldecimos los huesos. Cuando uno de los coches se para o se atrasa los otros siempre es esperan pero ya se sabe … la excepción confirma la regla … ¡Por algo es Braxman!
© Joan Fort i Olivella y traducido al castellano por Miquel J. Pavón i Besalú. Año 2.002.

Campamento Taga XV: agua constantemente (I)

Una excursión realizada el 18 de julio de 1978.
A pesar de la oposición declarada al deporte del montañismo por grandes sectores de la población gerundense y del mismo colegio, más por ignorancia que por otra cosa, nuestra afición a la montaña no decae y las llamadas para organizar el campamento han sido más numerosas que nunca. Unos días en los que la gente desea pasar el calor submergiéndose casi desnuda en las azules aguas de nuestra Costa Brava sin pensar en las colas que habrá que hacer para poder llegar. Y es que cansarse por cansarse yo prefiero el Pirineo a las planícies. Menos mal que para neutralizar un poco la cosa nos han puesto un Governador civil que el campamento le debe agradecimiento por su jamón y otras delicias del mismo calibre.
PK está levantado desde las tres y todo el mundo llega puntual al lugar de reunión mostrando una cierta impaciencia para abandonar esta muy inmortal y a la vez muy contaminada ciudad de los cuatro ríos. Las ganas se acrecientan más si cabe cuando vemos llegar las cajas de melocotones un tercer domingo bastante caluroso de julio. Los coches se van llenando de cosas útiles y de gente. No encontramos ya respuesta a la pregunta de si falta algo más.
La despedida pasa por la desagradable aduana que es el río Guell rojo de sangre animal que nos empuja a salir cuanto antes a buscar las aguas puras del Pirineo. Antes de llegar a la fuente hemos de soportar el para y avanza de los barceloneses que van a tostarse la barriga a Castelldefels, los relieves suaves y huérfanos de vegetación de la zona de Cabra, el Segre a su paso por Lleida y su complejo piscinícola lleno a rebentar, el río Sosa totalmente seco pero con el recuerdo de una destrozadora crecida que hizo caer el puente que lo cruzaba, la alegre compañía de Pere F. y sus compañeros en Graus bajando del Aneto en un día precioso, la salida de la bajada del Ésera con piraguas, la dura prueba de ir detrás de un tractor cargado de paja a paso de pulga después de ir a velocidades vertiginosas, la compra de una docena de huevos y un pan de menos (compensadas con un bastoncito de más), las advertencias de PK en Benasque, y, finalmente, la cascada que hay llegando a la presa de Senarta que nos anuncia un buen remojón en el puente del Plan de Baños.
Recibidos los primeros encargos, y esquivando a los mosquitos, nos disponemos a poner las tiendas tarea difícil si tenemos en cuenta la gran cantidad de piedras y la inclinación del terreno, en el que nos hemos puesto por un mal entendido. Faena que no habrá más remedio que terminarla con la luz del butano. La cena tiene hoy un tanto de improvisación fruto de otro mal entendido. Pasamos con poca cosa pues tampoco es que hayamos gastado tantas energías a parte de los conductores. En la sobremesa se nota el sueño y otros factores psicológico-físicos por lo que en lugar de contar chistes salen encargos, historias pasadas y avisos para un futuro campamental mejor.
Lunes día 17 de julio de 1.978.
Nos levantamos a las ocho. El agua helada del Ésera despierta nuestro físico. Un par de vasos de leche con chocolate deshecho, galletas y mermelada preparan nuestro estómago para la apretada mañana que nos espera a los acampados.
Los corazonistas han tenido el buen corazón de dejarnos el mástil y sólo hay que desplazarlo y clavarlo entre unas piedras que van de perilla. En la cocina se desarrolla una tarea de búsqueda de losas, limpieza de ortigas, cálculo de la situación del fuego y la instalación de un cordel para colgar los utensilios. Con más pena que gloria avanza la excavación de un hoyo para la basura y la fabricación de una mesa de tal forma que para la comida ya la podremos usar eso sí vigilando no te caiga el cubierto, vaso o catimplora entre el ramaje de su superficie.
Después del café la parábola del niño que rompía geranios saliendo enfadado del vestuario porque había perdido el partido y que fue invitado por el profesor a plantarlo de nuevo me hace pensar que es lo que deberían practicar muchos de los ecologistas vociferantes de hoy día. Los practicantes de la montaña no solemos ir a patadas pero sí podemos utilizar indebidamente el piolet, las manos o la palabra. Sea como sea, con estos pensamientos en la cabeza empezamos a preparar la ascensión al Aneto por el valle de Coronas.
Los que tienen la suerte de hacer el camino hasta Vallhiverna a pie gozan del largo encanto de ver la maravillosa colección de cascadas que cuelgan de los verticales relieves de este valle tan característico. Los que tenemos que sufrir la agobiante prueba de hacerlo en coche con el objeto de subir el material de acampada y las mochilas reciben, para no dormirse, pesadas lecciones de geografía pirenaica y geología lacustre adornadas de comparaciones tan burdas como las que se establece entre el Lago de Banyolas con los de Cregüeña y Llosás. También presenciamos el paso de un rebaño de 2800 ovejas conducidas por dos únicos pastores y dos perros que son realmente algo que pronto veremos extinguir. Prueba de ello son sus quejas hacia el Ayuntamiento de Benasque por dejar pasar vehículos por esta pista y que les hacen ir mal en sus tareas cotidianas.
Con pesadas mochilas y tiendas emprendemos el camino de Coronas a paso calmoso. Tendremos que sacarnos el pañuelo del bolsillo para secar el sudor que nos cubre el rostro. Las peladas y retorcidas montañas de Vallhivierna y Culebras ofrecen un contraste patente con la cascada que ruidosa baja entre la hierba y los matojos del primer ibón de Coronas y las afiladas losas manchadas de nieve de la cresta de Cregüeña.
Un trueno, modesto por su ruido pero funesto por lo que anuncia, es el toque de atención. Algunos se dan prisa para plantar las tiendas pero en realidad no les da tiempo ni a poner la primera. Con la misma destreza que habían utilizado para clavar los clavos se disponen a desclavarlos y salir a esconderse. La tienda bajo una piedra y los que la ponían en una cueva cercana que resultará apta para ver los destellos de los rayos aunque tengo un molestísimo goteo que me va justo a la oreja. Los que vienen detrás sólo han podido llegar a un pequeño montículo que da justo encima del ibón y no nienen mas remedio que tumbarse al suelo con la única protección de su mochila ante el gran viento y pedrizo que les cae. Con el desconcierto se dejan en el lugar piolets, crampones y algún anorak.
Nota del traductor: querría ampliar el dantesco espectáculo que tuvimos… Yo estaba al final de la comitiva. Ni siquiera habíamos llegado al montículo. Teníamos enfrente la cascada que cae del ibón. En el grupo íbamos casi diez personas. La gente estaba más que aterrorizada. Para muchos era su primera excursión a la alta montaña. Se vio clarísimamente cómo el viento llegaba a tener tanta fuerza que el agua de la cascada no llegaba a caer al suelo. El viento huracanado y encajado levantaba por completo todo el agua de la cascada y la subía un centenar de metros con una violencia increíble. Agua por doquier de la lluvia y de la cascada. Un pedrizo nunca visto. Un chaparrón de los que hace historia. A todo esto vociferando espoleaba a la gente para ir al refugio de la cueva. Pero… cuando veías los rostros de la gente se veía claramente la expresión del horror… no avanzamos ni un paso así… hubo que esperar a que amainara… Pero la aventura no acaba así… Continua el cronista.
Pasados los primeros espantos y remojones acabamos todos bajo la gran cueva y nos cambiamos la ropa los que podemos.
Nota del traductor: ¿todos? igual como lo del Astérix… ¿todos, todos? ¡No! Resulta que los ánimos van calmándose bajo la cueva poco a poco y la gente se empieza a organizar. Ha parado de llover. Yo en eso que un no sé porqué cuento a los que estamos allí… ¿y? Pues que me faltan dos. Vuelvo a contar… Sí me siguen faltando dos… Le digo a Robert que disimuladamente cuente él… Y llega a la misma conclusión que yo. Faltan dos. Decidimos Robert y yo no decir nada a nadie. A PK le decimos que nos vamos a mear. Empieza el rastreo… Nada por aquí. Un piolet por allá. Un peazo tienda en esa rama. Una bolsa de comida en unas piedras. Y… ¡Por fin! Nos encontramos a los dos que nos faltaban. Acurrucados. Abrazados. Llorando… ¡de miedo! ¡de terror! Se habían quedado allí inmóviles y allí se hubieran quedado estoy seguro de ello si nadie va a por ellos. Una vez tranquilizados regresamos con el grupo… Continua el cronista.
Cuando para de llover es pronto pero oscurece pronto. Nos disponemos a plantar de nuevo las tiendas cerca del ibón y cenar un poco. Una especie de espanto y sordera acaba adueñando a todo el mundo. Un “broncón” que se queda paradójicamente sin respuestas. Se empieza a trabajar en silencio. Sigue faltando más material. Objetos de valor como los piolets y los crampones son necesarios para poder mañana subir al Aneto. Por suerte dos voluntariosos se pasan parte de la noche rastreando las cercanías y acaban dando con todo lo que falta justo en la cumbre del montículo. Nos ponemos a dormir entre las doce y la una de la noche. Aparecen las estrellas en el firmamento y con ellas la calma que le sigue a toda tormenta.
Martes día 18 de julio de 1.978.
El más impaciente se levanta a las cuatro. Un viento frío te hace venir una piel de gallina. Cuatro estrellas hacen que alguien empiece a tocar un impertinente pito a estas horas tan inoportunas. Nadie hace mucho caso al toque de diana y la verdad es que hacen bien. Finalmente se decide a despertar al jefe con el infalible sistema de hacerle cosquillas y percusión aunque no logra su objetivo a la primera. El viento y el frío han parado. La voz acaba siendo secundada y abandonamos el campamento a las cinco y media. Cuando el cielo se aclara unas nubes finas y no muy dispuestas a moverse hacen acto de presencia por el sur. Las piernas empiezan a enflaquecer y presienten nuevas tormentas como la de ayer. Poco tardamos en empezar a pisar grandes manchas de nieve no muy dura.
La llegada al segundo ibón constituye una alegría muy reconstituyente puesto que además del espectáculo que representan sus aguas azules, heladas en su zona central, comprendo que hemos pasado lo peor, el tarteral de piedra, y que ahora toca el turno a la nieve y a pasear. El tercer ibón es más grande y está totalmente helado. El bacon y la limonada tienen mucho éxito a pesar de que no son tan buenos como otras veces.
La larga subida por nieve hasta el collado de Coronas no se hace excesivamente pesada ya que la nieve está normal incluso tirando a dura en algunos lugares por lo que decidimos encordarnos con una visión del Posets sumamente animadora. El ibón Coronado con el hilo de agua que lo cruza y abandona por un hueco en el hielo viene a ser un oasis en este desierto de nieve y hielo “de dos brazos de ancho y cuatro o cinco de largo” que es el glaciar del Aneto. Llegando a él todavía hace falta realizar un último esfuerzo hasta la cumbre. Las palabras del poeta lo recuerdan y viendo el mar de nieblas con pequeñas islas y levantando la cabeza tímidamente por encima de la Vall d’Aran y del Garona francés me permito pronunciar junto con Verdaguer sus versos…

“los núvols, que voldrien volar sins a sa testa,
si no els hi puja l’ala de foc de la tempesta,
s’ajauen a sos peus”.

Hay una rara calma del aire y eso que estamos por encima de los 3300 metros. El Sol deja sentir su carícia quemando nuestra cara y ablandando la nieve a nuestros pies de tal forma que casi me ahogo al andar en cordada muy lentamente. En las frecuentes paradas me entretengo a mirar la afilada cresta que del Coronas sale hacia la Maladeta y la gran cuenca que se forma bajo su protección, a La Forcanada que sobresale entre las nieblas y el Ibón de Barrancs que parece una gota de agua fundida al pie de un vaso de hielo. Después de estirar la cuerda unas cuantas veces llegamos a la plataforma que hay antes de pasar el paso de Mahoma. Son las once. Hemos de esperar que los grupos que han llegado antes que nosotros pasen este temible accidente geográfico. Una espera que se hace larga sin el líquido elemento y sin nada sólido que poder echarse al estómago. El corto trayecto hasta la cumbre más alta del Pirineo es algo más que entretenido y culmina en la cruz y la Pilarica que lo presiden.
Desde aquí se puede apreciar a la cresta sur que parece asequible junto con las paredes que flanquean el Tempestades. Las fotos de ritual. La alegría es desbordante para muchos que han logrado su primer tresmil.
En la bajada la nieve se hunde más, aunque no en exceso, hasta el collado de Coronas. Encontramos a varias cordadas que justo ahora estan subiendo y una de ellas viene del Coronas que nos explica que allí la nieve está más dura. El agua del ibón Coronado sirve para llenar las catimploras de vitaminas que nos hacían mucha falta y para imprimir un poco de cautela a nuestros movimientos en el siguiente tramo del camino. La cuerda para muchos resbalones y acaba presenciando formas de descenso un tanto peculiares.
Una dosis de preocupación y tristeza nos entra cuando oímos gritos de socorro y pánico mientras vemos caer y chocar con las piedras de la vertical brecha inferior de Llosás a un excursionista que la pretendía bajar sentado cuando nosotros estamos en el segundo ibón de Coronas. Intentamos hacer algo enseguida y en su auxilio pero vemos como los compañeros suyos llegan y nos indican que no es necesario que subamos por lo que marchamos desconociendo la magnitud del accidente. Mientras, los primeros que han bajado han desplantado las tiendas y emprendemos entre fuentes y cascadas por todos los lados la bajada hasta la pista.
Llegando al campamento base las cosas han cambiado un poco para hacer la cosa más emocionante. El río baja mucho más caudaloso y acelerado por debajo del puente de troncos, el viento ha tumbado un par de tiendas y ha repartido por doquier todos los objetos de la cocina. Sacrificamos el baño, ya que el Sol también se ha ido, con el objeto de arreglar pronto los desperfectos y hacer una comida-cena ya que hay hambre y tampoco se va a cocinar nada más. Una nueva tormenta traslada al estado mayor del campamento a Los Baños de Benasque y en el bar se respira un ambiente muy amigal y familiar al ritmo de las melodías de Antonio Machín. En el campamento hay alguien que ha estornudado tan fuerte (no es exactamente así) que ha hecho caer el palo de la tienda y acaban siendo infructíferos los esfuerzos para levantarlo de nuevo por lo que acaban durmiendo con la cosa tal cual. Mañana será otro día.
© Joan Fort i Olivella y traducido al castellano por Miquel J. Pavón i Besalú. Año 2.002.

2017 - Miquel Pavón