Blog de Miquel J. Pavón Besalú

Desvaríos escritos en cualquier hora intempestiva de la noche

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Experiencia de un viaje retrospectivo desde el reino de los muertos

Estoy junto a la gran panza de la cara sur del Goldkappel, asegurado por mi compañero mediante la doble cuerda. Tanteo hacia arriba con la mano derecha y me agarro a una regleta de bordes afilados. Me alzo tirando de ella con precaución. Entonces oigo un crujido leve y siento cómo la presa cede algo. ¡¿Se rompe?! Siento una sacudida como si fuera una descarga eléctrica: ¡Me despeño, es el final ….! ¡¡No te caigas!! A la velocidad del rayo lanzo la mano en dirección a una escama minúscula que hay encima de mi, pero se astilla. La siguiente, la tercera, todas se rompen …..
Mis pies todavía descansan sobre sus presas debajo del extraplomo, pero las manos ya no tocan la roca. Un puño gigantesco tira de mi cuerpo hacia atrás. No debo dar una vuelta de campana, de espaldas no, no tengo que caer cabeza abajo. ¡Tengo que saltar lejos de la roca!
Todo mi ser se rebela contra esta idea descabellada y clama para no perder el leve contacto con la roca, para poder sujetarse todavía, para lograr salvarme. Pero mi instinto es más fuerte y me obliga a actuar. Me impulso con las piernas en dirección contraria a la pared. Por el aire, fuera, hacia el abismo terrible y despiadado …..
Comienza el atroz y vertiginoso viaje a los infiernos. Aún percibo por completo lo terrible de la situación y soy consciente de lo que sucede a mi alrededor: una breve detención. Comprendo que la primera clavija ha saltado. El segundo. Golpeo contra la roca y sigo resbalando hacia abajo. Todavía intento detenerme, aferrarme a ella, pero una fuerza primigenia sigue impulsándome incesantemente hacia abajo. Estoy perdido. Se acabó …..
Y de pronto ya no siento ningún miedo, el temor a la muerte me ha abandonado, todos los estímulos y las percepciones sensoriales han desaparecido. Sólo más vacío, una completa resignación dentro de mí y la noche a mi alrededor. De hecho ya no estoy “cayendo”, sino que floto suavemente sobre una nube por el espacio, liberado de mis ataduras a la tierra, redimido. ¿Nirvana ….?
¿He atravesado ya la puerta oscura que conduce al reino de los muertos? De repente llegan la claridad y el movimiento a la oscuridad que me rodea. Unas líneas se desprenden de las ondas de luz y sombra, vagas y difuminadas al principio, van adoptando ahora formas reconocibles: naturalistas – figuras y caras humanas, un entorno habitual desde hace mucho tiempo. Una película muda en blanco y negro centellea como si se proyectara sobre una pantalla interior. Yo me veo en ella como si fuera un espectador: me dirijo trotando a la tienda de la esquina con apenas tres años de edad. Las pequeñas manos sujetan firmemente la moneda que me ha dado mi madre para que me compre algunos dulces. Cambio de escena: siendo un niño pequeño, mi pierna derecha queda debajo de unos tablones que caen. Mi anciano abuelo, apoyado en un bastón, se esfuerza por levantar los tablones. Mi madre refresca y acaricia mi pie contusionado.
Dos sucesos éstos, de los que yo no me había acordado nunca más.
Centellean más imágenes de mi primera niñez, rápidamente cambiantes, fraccionadas, revueltas como si las viera a través de un caleidoscopio. La cinta de celuloide se ha roto: serpientes de luz atraviesan como relámpagos un fondo negro y vacío. Círculos de fuego, chispas que se esparcen, trémulos fuegos fatuos (¿Me golpearía el cráneo contra la pared?).
La cinta corre de nuevo, pero sus proyecciones ya no proceden de mi vida actual, y ya no me veo sobre la “pantalla” como un mero espectador inactivo. He salido de la película, ahora actúo por mi mismo, vivo y de carne y hueso sobre un escenario que se hace cada vez más grande. Soy un escudero con librea blasonada de pie en una gran sala de caballeros. Nobles en trajes de ceremonia, castellanas de punto en blanco, pajes. Las copas pasan de mano en mano, colorida animación.
Esto pasa como si hubiera sido segado. Nuevas imágenes turbulentas de ese tiempo tan lejano se sacuden convulsas. Ahora parece como si éstas se deshicieran de una cáscara y debajo aparece un motivo pleno de paz y sosiego: camino detrás de un arado de madera por una ancha y llana tierra de labor. Barcos de nubes navegan sobre mí.
Un abrupto fundido en negro al fragor de una batalla extraños jinetes salvajes de largas cabelleras hirsutas cargan al ataque, vuelan las jabalinas. Angustias mortales.
Y todo ello sin un sonido, fantasmal.
De pronto, un grito llega desde la lejanía: “¡Hias!” – y otra vez – “¡Hias, Hias! ¿Una llamada interior? ¿La de alguno de mis camaradas en el combate? Súbitamente dejan de existir la batalla de caballeros y las angustias de la muerte. Sólo paz a mi alrededor y unas rocas soleadas ante mis ojos que ya se han abierto. La película ha terminado, la claqueta se ha cerrado. La ventana abierta a las profundidades del pasado ha quedado nuevamente atrancada. Y una vez más el grito lleno de pánico: “¡Hias, Hias! ¿Estás herido? ¿Cómo estás?” La llamada viene de este mundo, viene de arriba, del amigo que me asegura.
¿Qué cómo estoy? De nuevo me encuentro en una situación peculiar. Cuelgo amarrado a dos cuerdas sobre el abismo como si fuera un saco de harina, me balanceo y me retuerzo en busca de aire. Entonces por fin comprendo que he superado una caída de 30 metros, que he retornado de un largo viaje retrospectivo por mi vida -¿También por una vida anterior?-, y que he regresado a mi cuerpo de nuevo …..
Cuando pienso de vez en cuando en esta dramática escalada en cabeza en la que la dama de la guadaña intentó atraparme en dos ocasiones, me llama la atención sobre todo la curiosa “película” que se proyectó durante la caída sobre una “pantalla interior”. Todavía resulta incomprensible que resurgieran acontecimientos sucedidos en mi niñez más temprana, cuando más o menos comenzaba a razonar. Pero la “historia” que se produjo a continuación, la cual reflejaba sucesos que tenían que haberse desarrollado hacía siglos en la vida de mis antepasados. ¿Eran simples y casuales productos de la fantasía, imágenes oníricas sin ninguna relación con la realidad, o eran recuerdos transmitidos genéticamente? Al menos es posible, incluso probable, que mis antepasados vivieran algo similar. ¿Reflejaban quizás experiencias reales vividas por ellos? ¿Impresiones perdurables almacenadas durante generaciones en las capas más profundas de la psique y transmitidas como una herencia desconocida en la relación sexual? ¿Acaso se rompió una válvula bajo la tremenda presión espiritual durante la caída, permitiendo que estas impresiones almacenadas ascendieran de nuevo hacia la consciencia por los sifones de lo subliminal? ¿Las enseñanzas de Buda sobre la reencarnación? Hay cosas entre el cielo y la tierra de las que los sabios nada quieren saber, pero sin embargo, poco a poco, habrán de ser reconocidas ……
Hias REBILSCH 

En las vacaciones navideñas: un invento para la posteridad

4 de enero de 1982.
Todo empezó un domingo por la mañana a las 8.30 allí estábamos todos con las mochilas preparados para ir a la estación de Chamartín. Hicimos unas cuantas bromas al señor de información y cojimos el tren. Al cabo de unas horas llegamos a Cercedilla. Esperamos todos un rato y luego subimos a un trenecillo que nos llevó al puerto de Navacerrada. En ese tren hacía mucho calor porque la calefacción la tenían al máximo.

Una vez llegamos al sitio buscamos las llaves. Pero, ¿qué pasa? Pues que las llaves se habían perdido o nos las habíamos olvidado en Madrid. No sabíamos qué hacer. Queríamos comer y teníamos frío. Pero nuestro héroe Carlos P. resulta que al apoyarse en una ventana simplemente se le abrió inesperadamente. Pablo L-P. se coló dentro y se dirigió a la puerta para intentarla abrir pero no lo logró de ninguna forma al estar cerrada totalmente. Lo que sí pudo hacer fue abrir el marco de la ventana para que pudiéramos entrar todos por ella. Pasamos todos, comimos y nos fuimos a jugar con los trineos. La diversión duró toda la tarde. Por la noche nos metimos en la casa, siempre por la ventana, encendimos fuego y cenamos. Después de la tertulia nos introducimos en los sacos y nos dormimos.
A la mañana siguiente nos separamos. Unos se fueron a trinear y nosotros (Miguel J., Chema L-P., José Mª C. y yo) nos fuimos a subir la Bola del Mundo por la vertiente de Navacerrada. Comimos en la cima. Por cierto, nos costó mucho trabajo la ascensión al estar la nieve muy helada y tuvimos que hacer nosotros mismos escalones con el piolet. Bajamos a Valdesquí haciendo “Barriga-Plast”. Es una técnica inventada por nosotros para el descenso de las montañas. Consiste en tumbarse boca abajo, se dirije la dirección con los brazos, se frena con los pies y se coje velocidad al deslizarse por el hielo. Altamente recomendable por lo increíblemente divertido que es.

Por la carretera llegamos a Cotos. Una vez estamos en la estación como faltaba una hora para que llegara el primer tren decidimos bajar andando hasta el puerto. Dos horas más tarde nos contábamos los dos grupos lo bien que nos lo habíamos pasado. Volvimos a colarnos en la casa por la ventana y esta noche ya no fue tan difícil conciliar el sueño.
El martes trineamos un poco y con el trenecillo bajamos a Cercedilla. Luego ya con un tren de verdad fuimos de Cercedilla a Madrid. Llegamos por la tarde.
Espero que os haya gustado la historia. No os durmais. Quiero llegar a ser periodista. Adiós.
Nota del webmaster MJ: Quique cuando me escribió esta historia tenía once años …

© Enrique Abad Martínez. Año 2.002.

Con mucho: ‘Soley, Soley ….’ y después de mucho: ‘Tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac ….’ llegamos a la cima

ESTA CRÓNICA RELATA LAS HAZAÑAS QUE LES FUERON ACAESCIDAS A NUESTROS ONCE CABALLEROS DURANTE UN CAMPAMENTO INVERNAL DE CUATRO DÍAS EN LA SERRANÍA DE GREDOS.
Día 9 de noviembre de 1981.
Efectivamente. Así ocurrió. Miguel unos días antes había descubierto el “acueducto”. Era impresionante. Todo encaja. Todo lo previsible está a favor. Disponíamos de un fin de semana alargado con un lunes. El nueve de noviembre es la fiesta de La Almudena que es la patrona de la villa de Madrid. Las predicciones meteorológicas pronosticaban, como muy pronto, un cambio del tiempo para el lunes o el martes. Correspondía a unas noches con la Luna llena. Resumiendo. Todo a favor. Había que salir de excursión.
El plan a desarrollar era clarísimo. Desde muchos días antes estaba ya todo previsto (esto es lo que se debe decir siempre). El equipo organizador se ocupaba de todo.
El primer plan, fabuloso, era que: Nacho F., Quique A., Pablo L-P., Álvaro G. y Miguel irían en un coche a Sepúlveda. Es una zona que conoce muy bien Quique y es un lugar muy apropiado para realizar acampadas de varios días. El segundo, más ambicioso si cabe, fue ir a Granada en tren o Land Rover y con mucha gente. El tercero, reduciendo costes, fue ir a Gredos. ¡Bien! ¿A qué sitio de Gredos íbamos a ir? … Sólo Miguel lo sabe (mejor dicho: podía saberlo).
El jueves hacemos una reunión para preparar y explicar el plan. Ya se concretaron los últimos detalles. Vimos la gente que quería salir. Se resolvieron todas las dudas y se fijó la salida para las siete del día siguiente. Quedaba por detallar el medio de transporte pero esto no alteraba el plan a efectuar.
El viernes a primera hora Miguel pide las comidas para la excursión. Después se pone al teléfono para confirmar los horarios de autobuses y de trenes. Con los datos en la mano, el mapa de la zona, un mapa de carreteras nacional y una calculadora al son de la música de Super-Tramp repasa mentalmente el plan y pondera los posibles imprevistos que pueden suceder. Es una locura.
A media mañana llama Pedro L. para decirle que disponemos de la casa de sus parientes en Ávila pero que no puede dejarnos el coche. ¡No todo tenía que salir bien! Con las últimas noticias en la cabeza, preparo las cosas para la excursión y me voy a comer.
Por la tarde ya suceden las cosas muy rápidamente. Idas y venidas. Voy a buscar la tienda de campaña que falta y una mochila. Digo que volveré pronto y me voy a por las comidas que me las sacarán preparadas a media tarde. No están. Muevo hilos y me aseguran que estarán para las nueve de la noche. Vuelvo. Meriendo con Alfonso S. y al final no se decide a salir. Hablo con el padre de Chimo y me dice que me deja su coche para la excursión. Estupendo.
Noticias frescas. Quique A. se ha puesto enfermo esta misma mañana. Mariano R. ha ido al punto de encuentro y como no ha encontrado a nadie ha cogido los trastos y se ha ido a casa. Luego, por teléfono, dice que saldrá con el grupo que marchará al día siguiente. Jesús E. tenía el 99% en contra el día anterior por la tarde, el 51% en contra por la noche y en aquellos momentos había un 100% a favor de posibilidades. Tanto era así que allí estaba como un solo hombre. Miguel Ángel S. sin que le hubiese dicho nadie nada se había enterado y estaba allí dispuesto a ir a donde fuera preciso. Fenomenal.
Eran las nueve pasadas. Pusimos todas las cosas en el coche y nos fuimos al lugar donde habíamos quedado para juntarnos. Llego. Cuento los que van a salir y … ¡es evidente que no cabemos todos en el auto! Veo a: Xema L-P., José Mª G., Curro M., Gabriel E., Jesús E., Chimo G., Nacho F., Pablo L-P., Rafa S., Miguel Ángel S. y a mí marchándonos a la estación de tren de Chamartín ya que no hay otra forma de ir tanta gente que no sea en medios públicos. No cabemos todos en un coche.
Las mochilas y el material de excursión siguen en el coche del padre de Chimo. Resulta que Gabriel se ha ido con su padre a casa a recoger el carnet de familia numerosa que se le ha olvidado. Los demás vamos a esperar el autobús. Gus se ofrece a esperar a que llegue Gabriel, a que saquen la comida de una vez por todas y marchar luego, a la carrera, a la estación con el coche, las mochilas, Gabriel y algo de comida. En medio de todo este caos, que se contrapone a cosmos (orden, armonía, …), se ofrece el padre de Gabriel con una furgoneta Mercedes a llevarnos a todos a la estación. ¡Total! Que cambiamos todas las cosas de coche y con el acelerador a fondo llegamos a la estación a las diez menos veinte. Resulta que a las diez sale el último tren para Ávila. Ya estamos en el vestíbulo de Cercanías rellenando todos los vales para que nos hagan los descuentos por familia numerosa.
Voy a la ventanilla y nos dicen que no es allí. Esos billetes se despachan en la taquilla de venta anticipada. Dos gritos y ya estamos corriendo hacia allí. En el camino nos dicen que es un expreso que va a Gijón y, por lo tanto, más caro. Tanto da. Ahora ya no podemos echarnos para atrás. Llegando a la ventanilla nos dicen que hay otro que sale a las diez y veinte y que el de las diez ya lo hemos perdido. Al acabar de pulsar nuestras teclas en el ordenador se oye en la estación, por los altavoces, que el tren que va a Gijón tiene todas las plazas de sentado y de pie ocupadas. Habíamos sido los últimos.
En el tren nos hicimos amigos de todos. Esto, sin embargo, no fue motivo para que alguno de nosotros consiguiera asiento. Ya venía escrito muy clarito en el billete: “este viajero no tiene derecho a asiento”. Se rió de la nota hasta el revisor. Eso sí de pagar lo mismo que los demás. No lo entiendo. Creo que todos los viajeros del tren pasaron por nuestra zona de pasillo. Unos buscaban el bar, otros se habían equivocado de clase, otros no tenían asiento, otros iban al vagón contiguo, … Dada la enorme afluencia de gente nos pusimos a jugar a varias cosas. La que gustó más era que se formaba un pasillo de gente y el que pasaba por él tenía que acertar quién le daba un manotazo. Otro fue que nos tumbábamos en el suelo, como si se durmiera, y reírse de la gente que pasaba con sigilo para no despertarnos. También hicimos pasillo a la gente que pasaba con la misma pose que una jura de bandera. Jejeje! ¡casualidad! al poco rato pasó un militar de verdad tan o más cachondo que nosotros y simuló que hacía un reconocimiento médico de las tropas con un “sony”. Con tanto follón pasó lo que tenía que pasar y hubo que calmar los improperios de las abuelas cascarrabias y demás personajes que por lo visto querían conciliar el sueño. Por lo que se entiende resulta que nosotros echábamos por los suelos sus propósitos.
Poco antes de llegar a Ávila Pablo y Nacho ante la enorme cantidad de gente que pasaba por delante nuestro con latas de bebida se encaminaron hacia el bar. Hacía muy poco rato que lo habían abierto. A todos los que pasaban les pedían algo para beber. Viendo la jugada una tierna señora les preguntó:
– “¿Cuál es vuestro problema?
Y al unísono le contestaron:
– “La sed”.
Entonces, sin mediación de más palabras salieron del monedero 75 pesetas que tardaron muy poco en ser invertidas en la compra del líquido elemento. Una vez dieron buena cuenta de la Mirinda vinieron a contárnoslo los muy puñeteros.
A las dos horas llegamos a Ávila. Después de cruzar la ciudad “to tieso, to tieso” y, siempre y cuando, vayas a la izquierda o a la derecha en sus debidos momentos llegamos a la casa que nos habían dejado. Llegamos cantando y gritando canciones populares.
Las 12.30 de la noche. Emilio ya nos ha oído de lejos y nos ha abierto. Hay un problema. En Ávila cortan el agua por la noche. No podremos apagar la sed hasta mañana. Sin embargo, nos atiende estupendamente en todo lo demás. Nos enseña el lugar dónde podremos dormir y las otras dependencias de la casa. Después de cenar y de una guerra de sacos Miguel apaga las luces pasadas las dos de la noche.
La ciudad se despierta con la llegada del agua. Son las ocho de la mañana. Es un nuevo día. Nacho y Chimo desean salir a pasear pero no lo consiguen ya que la puerta está atrancada. Eso sí, las duchas empiezan a funcionar. Y en otra habitación ha empezado una batalla campal para ir abriendo boca.
Una vez todos duchados y desayunados se decretó que había un rato libre. La mayoría lo aprovechó para visitar la ciudad. Al principio cada uno fue un poco por su cuenta pero a media mañana nos reunimos para continuar la visita turística.

En la entrada de una de las Iglesias le dice un vigilante a Miguel que para entrar hay que pagar dos pesetas por persona. Después de una rápida conversación nos hace desistir de ello y probar suerte en otra. Vamos a la Iglesia de Santiago y también tiene guarda. Como vemos en un cartel que dicen misa a las once intentamos entrar sin pagar con la excusa de que queremos ir a la misa. Pero … según el guarda el sacerdote que decía esa misa se había muerto. Todo es ya un poco kafkiano por lo que debemos concluir que el horario de misas debe ser algo anticuado. Es una ciudad sin orden ni concierto. No se aclaran ni los mismos habitantes entre ellos. Preguntamos a todos y acabamos corriendo de un lado para otro. Como en Ávila lo que hay para ver son todo Iglesias de pago acabamos en las puertas de otra. En esta otra tampoco había misa. Nos hemos equivocado de nuevo. Pero … y ¿esa gente que hay dentro? Son de un entierro nos contesta con cara de circunstancias su cobrador. Total que como no nos ofrece ya mucho divertimento las escenas que devinieron optamos por marcharnos a pesar de que muchos excursionistas nunca habían asistido a un acto de estas características y resulta que no se lo querían perder. Acabamos en la plaza mayor de la ciudad. Aprovecho para comprar un carrete de diapositivas. Y decidimos ir a estrenarlo a las murallas puesto que el Sol estaba en su mejor momento.

Cansados de saltar, correr y posar para la cámara de Miguel nos fuimos a comer. Teníamos que hacerlo temprano para que nos diera tiempo a organizar toda la expedición y llegar a tiempo a la estación de autobuses.
Nos despedimos de Emilio. Se le notaba en la cara su alivio. Dejamos todo el peso que nos fue posible en la casa y con los disfraces de montañeros puestos nos fuimos a la estación de autobuses a primera hora de la tarde.
Cojimos el autobús que nos llevaría a Arenas de San Pedro y engañando al revisor y a los pasajeros nos pudimos instalar en la parte de atrás del autobús.
Aquí destacaron Pablo y Nacho que dieron el do de pecho. Estaban todos los viajeros asombrados. No sabían qué éramos. Unos debieron creer que éramos un grupo musical y otros, pocos, que éramos excursionistas. La verdad es que nos cantamos todas las canciones de la radio. Nos preguntaban a dónde íbamos. Los chicos contestaban que a Gredos y ante lo absurdo de la respuesta, puesto que ya estábamos en Gredos, dejaban de insistir sobre este tema. Las canciones eran a varias voces y nosotros mismos vocalizábamos los instrumentos musicales que la orquesta requería para la tonadilla. Yo con mi acusada timidez hice ni más ni menos que de presentador y animador al igual que los de la radio al resto del público del autobús.
Ha quedado para la posteridad como canción de la excursión la que dice algo parecido a:
“En la parada del autobús / tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac
y al picar el bono-bus / tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac.
Un cigarrillo de fumar / tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac
para calmar mi ansiedad / tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac
mi corazón se pone a palpitar / tic, tac, tiqui, tiqui, tac, tic, tac
y no lo puedo remedia-aaaar.”
Después de muchos giros a la derecha e izquierda, de subir y bajar, después de decenas de kilómetros e innumerables pueblos llegamos a Arenas de San Pedro. Era ya media tarde. Nos lanzamos en busca del panadero y de algún establecimiento que despachara vino. Cruzamos el pueblo y al final, allí, en la otra esquina conseguimos cinco barras de pan y un litro de vino que fue directamente a la bota.
A las ocho estábamos en marcha. Conocíamos ya a todos los pueblerinos. No se veía a un palmo de nuestras narices. Érase una noche a unos excursionistas pegada. Fuimos hacia Guisando siguiendo la carretera. Algunos se empecinaron en llamar al pueblo cocinando. Será, quizás, que no entienden bien el nombre. Unos meses más tarde me enteré que era el famoso pueblo que tiene eso de los toros prehistóricos. A los señores lectores no les sé decir si realmente eso es cierto o no ni si son tan interesantes como dicen ya que yo, personalmente, me dediqué al llegar a abrir latas debajo de la luz de una farola. Y dí tanto yo como los demás una buena cuenta a lo que había en el interior de las chapas. Seguimos hasta un lugar en el que los del Icona tienen un campamento. Estábamos a poco tiempo de la plataforma. Miramos a ver si nos podíamos colar en alguna cabaña pero como no había ninguna abierta plantamos la tienda de campaña y preparamos la sopa. En la sopa pusimos un ingrediente nuevo que unos lo llaman “barco” y otros “submarino” según sea la capacidad de inmersión del mismo. Los dos Miguel se instalaron un vivac al lado del fuego. Es el colmo del “morro” supongo yo: no sólo nos metemos en el terreno del Icona y plantamos una tienda sino que encima hacemos fuego y no nos dice absolutamente nada nadie.
El tiempo sigue inmejorable. A las nueve estamos en pie y a las diez y cuarto lo tenemos todo recogido, habíamos desayunado, nos habíamos lavado y proseguíamos la excursión.
Objetivo: llegar a comer al refugio Victory de los Galayos pasando por la cumbre de La Mira. El plan inicial era haber llegado a dormir allí pero esto nos fue imposible dadas las condiciones del camino que llevaban a él y por el enorme desnivel que nos quedaba por recorrer.
Al poco rato de empezar a andar se paró un coche preguntando por un lugar conocido por la “cabra”. Como no sabíamos lo que era ni a dónde era le recomendamos que subiera hasta la plataforma y allí se lo podrían indicar mejor. Se nos ofrecieron a subirnos las mochilas e incluso cupo alguno de nosotros. Llegamos a la plataforma y allí había una magna cabra en un pedestal. Cuando me dí cuenta estaban todos subidos allí y querían que les fotografiara. Creo que alguno se llegó incluso a colgar de los cuernos.

En la plataforma hay un refugio. Pero el refugio Victory estaba muy lejos aún. Pasando por las construcciones de la zona quisieron tirar algunos petardos pero fueron pillados con las manos en la mecha. Entonces fue cuando empezó la gran caminata. Anduvimos por un río seco, lleno de rocas, por el que estuvimos poco tiempo al encontrar un camino mejor algo más arriba y a nuestra derecha. Era más fácil de andar por él pero el cansancio ya empezaba a notarse. Seguimos. Después del bosque cambió el paisaje. Se divisó ya el refugio y toda la sierra de Gredos de esta zona. El refugio Victory estaba enfrente nuestro. A simple vista daba la sensación de estar en un sitio inaccesible. En realidad está justo en la ladera de La Mira. A la derecha va apareciendo todo el Galayar con esas paredes que desafían a cualquier escalador. Veo muy impresionante al Torreón cuya escalada por su cara norte está conceptuada como de máxima dificultad y fue conquistada por primera vez por Teógenes Díaz en 1934. La Torre Amézua, junto con la Aguja Negra, es una de las más bellas del Galayar y su cara oeste es también una de las más difíciles abierta en 1968 por Gerardo Blázquez y Rafael de Miguel. Aparte de las mencionadas las agujas de más difícil ascensión son el Gran Galayo de Puerta Falsa, que es la más alta, el Pequeño Galayo, el Galayo o Risco de la Ventana, la Punta Tonino Re, el Diedro de la Punta María Luisa, la Aguja Gemela Sur, la Punta Margarita, la Aguja Desconocida y la Aguja Nueva.
Poco a poco íbamos acercándonos al refugio. Desde la plataforma empezábamos a ir más acompañados. Se notaba por la gente que había que era un domingo correspondiente a un puente largo.

Faltan unos 40 minutos para llegar al refugio. Llegamos a una bifurcación. Se puede llegar a La Mira directamente cruzando el río Pelayos y si no se cruza se llega directamente al refugio. Nuestro camino va a complicarse un poco puesto que transcurre a través de unos pedregales. El grupo estaba fraccionado. Algunos ya casi en el refugio mientras que a los demás nos queda todavía un buen tramo. Detrás vamos cuatro Rafa, Xema, Jesús y yo que cierro siempre la comitiva. Andaba algo preocupado por lo que estaba viendo y oyendo. Eran las dos y media. Seguían ahora, imponentes, las paredes de los Galayos a nuestra derecha. Se veían cordadas progresar en ellas y en las vías conocidas había un grupo de aprendices dirijidos por monitores de algún club de montaña. En algunas de las vías se llegan a ver hasta cuatro cordadas evolucionando a la vez.
Observo. Escucho. Reflexiono. Me hace pensar todo lo que pondero que puede ocurrir un fatal desenlace. Lo comento con los demás y seguimos avanzando. ¿Qué se puede hacer? ¡Nada! Pero es que la situación es evidente. Lógica. Ya es tarde. Al poco se oyen voces de socorro. Ha sucedido. Nos enteramos de las primeras noticias por un grupo que baja corriendo a dar la alarma al pueblo. El resto de nuestro grupo, que ya estaba en el refugio, ha visto la caída perfectamente. Los que vienen conmigo no entienden qué me ha hecho deducir y predecir lo que ocurriría antes de que sucediese y el haberlo hecho con tanta rotundidad.
Al poco tiempo está todo el mundo ayudando a bajar el accidentado para llevarlo al pueblo. Por los gritos de dolor del herido nos damos cuenta de la magnitud de las heridas. Ha caído casi 80 metros. La ha salvado, si se salva, la cuerda que le dejó colgando a un par de metros de las piedras del suelo. Rebotó mucho en la pared. En nuestro pensamiento hay un sincero deseo de que todo tenga un desenlace feliz. Después de colaborar en lo que pudimos, comimos y reemprendemos la marcha hacia La Mira. A las cinco de la tarde todavía no había llegado ningún grupo de rescate a la bifurcación citada anteriormente por lo agreste del terreno.

Nosotros estábamos en un collado que no era el que queríamos y para colmo estábamos agotados por el esfuerzo realizado. Nos tomamos unos melocotones en almíbar y bajamos un poco para ir más a la izquierda. En la cumbre de La Mira vimos cómo empezaba a oscurecer. Memorizamos el camino de regreso y descansamos todo lo que quisimos. La Mira se llama así porque resulta que existe en su cumbre un torreón troncocónico utilizado en tiempos pasados para el telégrafo óptico que lo pusieron allí dada la extensión de terreno que desde allí se domina. Es también un vértice geodésico.
Desde la cumbre vemos las altas cumbres del circo de Gredos y del de Cinco Lagunas. A lo lejos se ve una granja que no parece que esté muy lejana y trataremos de llegar hasta allí puesto que nos puede servir bien de referencia.
Y se nos echó la noche encima y nos aplastó. Pasamos descaradamente por delante de unos toros bravos y alguién tuvo que salir corriendo porque no se le ocurrió cosa mejor que tirarles un par de buenas pedradas. Se lo tiene bien merecido.

Nos pusimos a bajar y con muchas peripecias llegamos a la carretera que conduce a Hoyos del Espino. Por la carretera comprobamos el tiempo empleado en recorrer un kilómetro. Exactamente son once minutos considerando que era bajada y que íbamos a un buen ritmo de marcha.
En las orillas del Tormes pusimos un nuevo campamento. El fuego esta noche no quería arder. Gabriel consiguió que tuviéramos sopa a base de soplar las brasas insistentemente. Molidos y con frío acabamos acostándonos el resto. Un nuevo vivac y arriba.
A las seis estábamos levantados y a las siete en la parada del autobús que nos llevaría a Ávila. Estuvimos esperando casi una hora. Una broma de muy mal gusto. Todos nos movíamos para no congelarnos de frío justo al lado del bar Gredos de Hoyos del Espino. No nos quedaba nada para comer. En el autobús esta vez se durmieron todos. El viaje fue para recuperar fuerzas y vitalidad. En Ávila ya nos conocíamos la senda a cojer “to tieso, to tieso” y después de comprar el pan llegamos a la casa. Estaba Emilio, nuestro sino, que nos preparó un desayuno que se recordará para siempre no por lo rico que estaba sino más bien por lo poco que sobró. Lo recojimos todo y nos fuimos a la estación. El tren estaba a punto de salir. Mientras se subían las cosas lo más pausadamente que pudieron yo compraba los billetes. El taquillero se lió con las prisas. A cambio de los billetes que nos despachó le dimos el dinero que quedaba de la excursión. Nos habíamos quedado sin un duro.
En el tren lo único que se puede resaltar es que dejamos las cuentas claras con la RENFE y que enfadamos de verdad al revisor. Seríamos algo sospechosos. Viajábamos en la parte final del tren que iba a Madrid Norte y resulta que los billetes eran para Madrid Chamartín. Chimo, que aún le quedaba humor para hacer travesuras, se había escondido en el cuarto de baño. Le dí todos los billetes al revisor y cuando éste quiso ver las fotocopias de familia numerosa empezó el lío. Había dos billetes con una reducción del 50% y un único viajero con la fotocopia correspondiente. De hecho ese billete era uno comprado de más pero no avancemos acontecimientos. Para aclarar el “gracioso” que se estaba colando repartimos a cada viajero su billete. Chimo, para aumentar el mosqueo del pica-pica, en el reparto sale del cuarto de baño para coger su billete. Sorpresa. Para el revisor también tenemos billete. Sobra uno pues el segundo con descuento del 50% se lo damos al acalorado buen hombre de recto quehacer en su tarea de revisar y encontrar maleantes que viajan sin pagar. Cachondeo, follón, aplausos, risas. El enfado, como es de suponer, llegó a extremos insospechados y nunca vistos en la empresa ferroviaria. Con ánimo de ser un viajero ejemplar organizo la situación. Todo el mundo en fila india y quietos en posición de firmes. Empezó a continuación un rastreo profundo por todos los rincones en busca del viajero escondido. Como llegó a la verdadera conclusión de que no existía se procedió al repaso uno por uno de cada billete expedido y realizando el acto supremo de picar el billete una vez comprobado que todo estuviera en perfecto orden. Como estamos en fila, cada uno con su billete, fotocopias y demás a presentar el revisor se puso en el pasillo y procedió a realizar su tarea. Para ello acordamos que una vez esté todo comprobado el viajero podrá proceder a entrar en el vagón y despejar el rellano intermedio. Nacho entra con su chequetren, todo correcto, no tiene que tener billete ya que el chequetren es lo mismo que un billete. Yo y Curro entramos con los billetes del 40% de descuento y la fotocopia correcta. Chema y Pablo también lo tienen todo correcto y tienen sus billetes normales. Rafa y Miguel Ángel tienen billetes con el descuento del 40% de descuento cuando en realidad sus fotocopias al estar mal sólo pueden tener un descuento del 20% por lo que deberemos pagar la diferencia. Anótelo. Chema y Jesús entran con billetes de ida y vuelta, un descuento del 25%, pero resulta que no estan sellados por el taquillero de la estación así que los debe sellar el revisor para que esté todo correcto. Chimo tiene la fotocopia caducada y aunque le vale el descuento practicado deberemos pagar una multa por ello. No se le olvide, apunte y siga. Gabriel lo tiene todo correcto. Sorpresa. Efectivamente, sigue sobrando un billete por lo que le rogamos nos devuelva su importe. Total que una vez aclarado todo empieza a sumar y restar acabando la cosa en que le debemos trescientas pesetas. Y empieza otro problema. No nos queda dinero. La discusión llega a límites inconcebibles a la mente humana. Pero un rayo de luz aparece por la ventanilla y le da de pleno en el cogote de Gabriel que no se sabe porqué pero resulta que empieza a revisar frenéticamente los bolsillos de su mochila y aparecen milagrosamente justo las trescientas pesetas que nos hacían falta. Le damos el dinero y quedamos en paz. La RENFE es eficaz.

Como no tenemos dinero no tenemos más remedio que ir andando desde la estación Norte hasta la Moncloa para coger el autobús. Resulta que la suerte nos acompañaba y entre todos los bono-buses que teníamos nos llegó para pagar un viaje para cada uno. Eso sí al final de la parada tuvimos que andar de nuevo y cruzar todo un barrio a pie para poder llegar a casa justo una hora más tarde de lo previsto gracias a la efectividad del transporte público. Cuando nos recuperamos del esfuerzo por la tarde ya empezábamos a recordar las horas pasadas y a pensar en la próxima oportunidad de huir del mundanal ruido.
© Miquel J. Pavón i Besalú. Año 2.002.

Cuando se hunde la estructura ….

Excursión realizada el día 3 de mayo de 1981.
Ya estaba el campamento de Semana Santa organizado. Después de numerosas conversaciones por los pasillos de la Escuela, llamadas telefónicas a los amigos, gestiones pendientes resueltas, … ya sólo quedaba por decidir el sitio. A mediados de semana empeora el tiempo y se pone a llover para no dejarlo de hacer hasta que empezaron las clases. Llega el día de salir. Está lloviendo. Las predicciones meteorológicas no preveen cambios en un intérvalo bastante largo.
Con intervenciones rápidas Miguel se hace cargo de la situación atmosférica en toda la península. Por la noche han llegado unos amigos de Roma. Dicen que en la salida de Zaragoza, en los puertos de montaña, estaba nevando y que eran necesarias las cadenas. A la mañana siguiente hay noticia de que Caín está aislado por la nieve y que en Andújar (Jaén) lleva media semana lloviendo y que los habitantes de ese lugar no conocían tal suceso desde hacía mucho tiempo. En Madrid asistíamos a un fabuloso panorama ofrecido por una tormenta eléctrica espectacular. Quedaban así descartadas, una a una, las posibilidades de ir a los Pirineos, Picos de Urbión, Picos de Europa, Sierra Nevada, Guadarrama y Gredos. No valía la pena hacer un gasto importante para luego tener que pasar todos los días metidos en un refugio. No hay más remedio que aplazar la salida y así se comunicó a todos los componentes la triste decisión. La excursión será el primer fin de semana de mayo. El jueves supimos la notícia que unos montañeros zaragozanos estuvieron todos esos días en el refugio de Góriz sin poder regresar. De pensar que nosotros queríamos ir a pernoctar esos días en el Lago Helado de Marboré se me hiela todo el cuerpo.
A media semana mejora el tiempo y el fin de semana vuelve a empeorar. Llega el viernes, no hay clase, es el primer día de mayo y Miguel no se decide a salir. Por la mañana le llama Juan. Está dispuesto a ir a donde sea. Miguel le dice que no tiene organizado nada.
– “Si salgo este fin de semana ya te lo diré con tiempo por delante …”.
Después de una breve conversación Miguel se va a estudiar. Antes de comer hay otra llamada telefónica, es Jesús. El jueves en clase le dijo a Miguel que quería salir de excursión y ahora llamaba para concretar. Proponía subir al Peñalara. Miguel le dijo que se pensaría el itinerario y que le llamaría en el caso de que saliera ya que estaba poco animado. Sobre las cinco Miguel ve un aviso telefónico. Ha llamado José Carlos y que volverá a llamar. A Miguel no le hace mucha astucia para adivinar el porqué de esta nueva llamada, a pesar de todo, se cerciora. Coge el cuaderno de direcciones y le llama. Efectivamente, está organizando una excursión.
José Carlos en el aparato hace la pregunta fatídica a Miguel.
– “¿Te vendrías de excursión?”.
En un instante le viene a la cabeza una multitud de excusas todas válidas para la ocasión. Está lloviendo, tengo que estudiar, si salgo dormiré poco, estaré incómodo, hace mucho frío, se come mal o mejor dicho fatal, me voy a perder un rico desayuno de bollo, la cucharilla del postre, el aperitivo de la comida, por supuesto no disfrutaré de la merienda, llegaré a cenar tarde y se lo habrán comido todo, tendré que llevar a cuestas toda la excursión las tiendas de campaña, hay que ponerse a buscar que alguien nos deje un coche y para colmo de males volverá a estar todo el peso de la excursión y la responsabilidad que con ello comporta sobre mi persona, … cualquiera de ellas es razón suficiente para echarse atrás, pero … Miguel, en un arrebato típico de locura, le dice a José Carlos que está dispuesto a salir. Se decide. Siempre antes de salir de excursión la pereza entra a matar.
José Carlos tiene un amigo dispuesto a salir y le quedan todavía tres amigos por localizar. Miguel llama a Jesús y a Juan y les dice que llamen a sus amigos para ver si van a acompañarnos. Llega la noche. Unas llamadas y queda concertada la hora. A las seis de la tarde del sábado 2 en Alenza, 20. Es la estación de autobuses de “La Continental”. Salen en principio Jesús, Juan, José Carlos, Enrique y Miguel.
Por la mañana Miguel se acaba de decidir. Pide comida para la excursión y se pone a llamar a sus amigos. Se apunta de última hora Narcís y a media mañana unos amigos suyos del colegio. Estupendo. Todo parece indicar que saldrán esta vez unas diez personas.
A las dos de la tarde Miguel va a preparar la mochila. Una idea escalofriante le pasa por la cabeza. Las tiendas de campaña no las revisaron en la última salida que se hizo con ellas y si no recuerdo mal explicaron que les había llovido. Así era. Se guardaron húmedas y ahora estaban totalmente podridas. ¡Qué se le va a hacer! Esto de que las cosas son de todos tiene este problema que al final no son de nadie y aunque era una tienda estupenda habrá que tirarla. Pero como nos eran necesarias las pone a secar al Sol mientras comía.
Después de comer acabó de prepararlo todo y se fue a esperar al autobús que le tenía que dejar en Cuatro Caminos. Un paseo por el barrio con todo el material, las dos tiendas, dos pares de botas y tres sacos de dormir. El autobús para no perder la costumbre, ni pecar de originales en las líneas de la EMT, llegó tardísimo. Tanto era así que cuando entró en la estación de autobuses el otro autobús ya estaba a punto de salir. Estaban, como de costumbre, los padres de Juan entreteniendo al chofer con una animada conversación con el objeto de que se le pasara la hora de la salida.
Nos subimos todos al final del autobús después de haber logrado un retraso inicial de diez minutos ya que, para colmo, Miguel intentó conseguir descuento en el precio del billete por el motivo que fuera. El billete normal costaba 280 pesetas hasta Rascafría. Lo de la familia numerosa coló de nuevo. Finalmente éramos siete. Juan que está en primero de Informática, Roberto que hace segundo, Narcís ha llegado este año para hacer Montes, José Carlos acabará Arquitectura este año, Enrique hace cuarto de Caminos y Miguel y Jesús primero de Aeronáuticos. Todos ingenieros y animados a realizar una travesía desde Rascafría hasta Cotos pasando por toda la cresta.
El viaje fue largo. Más de dos horas. El conductor dio toda la vuelta a la Sierra y nos gratificó con algunas visitas turísticas por los pueblos de la zona. En un par de ocasiones incluso lo vitoreamos y aplaudimos como nunca. La razón era porque se salía de la Nacional se recorría unos dos kilómetros por un camino malísimo, llegaba al pueblo, hacía las maniobras oportunas en la plaza mayor del mismo y sin que se subiera ni bajara nadie reemprendía la marcha otra vez hacia la Nacional por el mismo camino anterior. Llegamos a Rascafría a las ocho y media.
Compramos vino para la bota y algo de comida. Repartimos el peso y nos fuimos a las afueras del pueblo. Instalamos las tiendas mientras otros recogían leña por la zona capitaneados por el estudiante de ingeniero de montes Narcís.
A las nueve ya ardía un fabuloso fuego y estábamos todos a su alrededor dando buena cuenta de las aceitunas y vino de aperitivo. Le sucedieron a continuación los bocadillos, tortillas, avellanas y fruta. Encontramos a faltar una sopa pero nos propusimos que en la próxima excursión ya no fallaría. La tertulia se alargó hasta la una principalmente porque se acabó la leña y el vino. Se decidieron a hacer un vivac Juan y José Carlos mientras los demás nos distribuimos entre las dos tiendas.
Tardó poco a entrar Juan en la tienda tiritando de frío y nos dice que José Carlos está durmiendo muy agusto. Le hicimos sitio y nos durmimos todos.

Por la mañana nos despertó un caballo y los pitidos de Narcís. Quería ahuyentar al animal con un reclamo de cercetas. Eso sí, con el horroroso silbato nos dejó la zona despejada. El caballo marchó seguramente aterrorizado y por allí no apareció absolutamente ninguna cerceta ni macho ni hembra por lo que todavía hoy no sé qué aspecto debe tener este presunto bello pájaro. Todo estaba encapotado.
El ánimo decaído. Pero Narcís y Roberto nos sacaron de las tiendas hacia las siete. Hacía mucho frío. Recogimos las tiendas y empezamos la excursión. Ya desayunaremos más tarde. Cuando pudiéramos parar en un río que le diera algo el Sol.

El valle estaba precioso. Cuerda Larga a la izquierda y completamente cubierta por la nieve. Al fondo del valle estaba la Bola del Mundo reconocible por su repetidor de televisión. Detrás cerraba el valle Rascafría, El Paular y allá a lo lejos el pantano de Lozoya. Arriba hacia dónde nosotros nos dirijíamos estaba totalmente cubierto por la niebla. Sólo nos daba esperanza de mejora el fortísimo viento del Norte que hacía.

Los turnos para llevar las mochilas se fueron sucediendo y después de desayunar a las 12.15 llegamos a la primera cima de la travesía y, por consiguiente, a la cresta. Habíamos superado 920 metros de desnivel en unas tres horas y cuarto. La niebla lo cubría todo. El viento era muy fuerte. La nieve estaba muy blanda y nos hundíamos hasta la rodilla. Tratábamos de pisar, en todo instante, piedras o matas ya que lo preferíamos para evitar agotarnos inútilmente.
Siguiendo las pisadas del primero llegamos a la segunda cima del día que según el mapa se llama Nevero Alto (2139 m). Paramos para comer detrás de un pequeño muro que había y nos protegía del viento. El que estaba mejor estaba tiritando de frío, con los pies calados y las botas llenas de agua. Nos comimos todo lo que llevábamos. Estuvimos luego tomando el Sol para recuperar fuerzas. Antes de salir de la protección nos pertrechamos lo mejor que pudimos. Anoraks, ventisqueros, guantes, pasamontañas, polainas, plásticos, … ¡de todo! Unas fotos y a la carga otra vez. El Peñalara estaba muy distante todavía. Mientras estuvimos parados se despejó un poco y pudimos apreciar lo que nos quedaba.


Llegamos a la Laguna de los Pájaros pasadas las tres y como Miguel recuerda algo del verano pasado intuye que el mapa está equivocado y en realidad el Peñalara está detrás de todo el macizo que teníamos delante. Estamos todos cansados, muertos de frío y para colmo hay que atravesar una zona en la que el torb hace de las suyas. Echamos mano a los pasamontañas y a través de la nube de nieve intentaremos rodear el macizo sin perder altura. Es muy alentador ver como en estas circunstancias tan adversas todavía hay quienes se ofrecen por llevar las mochilas de los que parece que están más cansados conscientes de que ello implicará un mayor hundimiento relativo en la nieve. Recordemos que todos los componentes de la marcha éramos estudiantes a ingenieros y tenemos bastante dominado el tema de la fuerza por unidad de superfície, es decir, del concepto de presión. Avanzamos con mucha dificultad y a la hora larga divisábamos ya la Laguna Grande del Peñalara. Estábamos cerquísima del refugio aunque no lográbamos dar con él. Estudiamos la situación y decidimos perder altura y lanzarnos tumba abierta hacia una caseta que se veía allí a lo lejos.

José Carlos y Enrique decidieron hacerlo por la hierba y los demás por la pendiente de nieve. Juan dio varias volteretas debido a que el descenso se hacía con medio cuerpo hundido en la nieve polvorizada. Al llegar al llano, en el que se encontraba la caseta, Miguel quedó atrapado por el barro que formaba el riachuelo y con algo de habilidad y algún que otro susto pudo salir de la encerrona. No evitó, por ello, acabar de mojarse y ensuciarse medio cuerpo. Una vez en la caseta paramos para reagruparnos. ¿Qué sorpresa tendríamos todos al vernos? Pues que habíamos caído cinco en el mismo barrizal.
Estuvimos estudiando los horarios de los trenes. Eran las cinco y media. El último era a las nueve. Había que cojerlo como fuese. No sabíamos a dónde iba el camino aunque nos ofrecía cierta seguridad que hubiera pintadas en la caseta unas marcas con una franja blanca y roja. Miguel se puso en cabeza para marcar un ritmo rápido y a las seis ya divisábamos la estación de Cotos allá a lo lejos. A las seis y diez nos encontrábamos en el vestíbulo. Enrique se percata que ha perdido la cartera con la documentación y Miguel, muy seguro, le dice que ha vivido casos similares y que al final en todos ellos se acabó con la recuperación de la misma. A las seis y veinte salimos en dirección a Cercedilla. Media hora de espera en el transbordo y a las nueve menos cuarto entramos en Chamartín.


José Carlos acerca a Miguel a su casa con el coche ya que lleva todo el material colectivo de la excursión y a las diez todos estamos en la ducha. Nos volveremos a encontrar para ver las diapositivas.
© Miguel J. Pavón Besalú. Año 2.002.

 

 

El Saburó o el largo saboreo del Sol y la Luna

Había sido un mal año en el aspecto montañero y la verdad es que no lo queríamos terminar sin un tresmil o una montaña de cierto carácter que sirviera, a la vez, para sellar la mayoría de edad de Robert y probar todos la montaña invernal.
Es por esto que cuando tomó forma la idea de ir al Peguera haciendo noche en el Josep Mª Blanc en la noche de Luna nueva del mes de noviembre no fueron suficientes para minorar nuestros ánimos ni para evitar que nos pusiéramos las mochilas en las espaldas y bajar las escaleras ni el timbrazo del despertador ni las pequeñas nubes que se distinguían a través de la ventana.
En las escaleras del metro se hacían adelantamientos peligrosos y arriesgados y contaba mentalmente la cantidad de minutos que faltaban para empezar el trabajo.
Los autocares de la Alsina Graells que íbamos dejando atrás iban llenos de corazones que buscaban sus orígenes en su tierra natal y los estrechos aparcamientos del Pas de Terradets se llenaban de utilitarios mientras sus ocupantes se disponían a abrirse paso en la vertical pared hasta reencontrarse de nuevo con la luz.
En la salida del Pas de Collegats, la carretera y los campos todavía eran blancos por la helada y las vacas de Llavorsí, igual que los machos de Espot con sus atuendos, justo salían del pueblo cuando iba a ser justo el medio día. Todos tienen su horario.
Informados del “status-quo” característico, dejamos el coche al inicio del Parque y enfilamos la pista del Estany Negre. Les Agudes van emergiendo, desafiantes y esbeltas, detrás de nuestras espaldas y nos invitan a tomar aliento para que las contemplemos mientras que delante nuestro nos ofrece un amplio deleite los lomos de nuestras montañas fronterizas con Andorra y el Pallars que el Sol bajo va pintando … La canal que nos sorprende al girar una curva pronto desaparece bajo el camino y éste se viste de nieve y de hielo.
Tres horas de agradable andar nos llevan hasta el refugio justo para gozar con los últimos rayos solares de la visión del gran circo de montañas que desde este espléndido mirador se domina.
Nos damos prisa para ponernos los jerseys y hacer la única comida completa del día aprovechando las últimas luces y hacer algo de fuego.
Pronto nos damos cuenta que, a pesar de la soledad del sitio no estamos totalment huérfanos, se va abriendo paso en el ancho cielo y en nuestra estancia una Luna clara y redonda que enamora y en su luz vemos proyectarse nuestros cuerpos en la nieve, lucir las montañas del valle como si se tratara del mismísimo Sol y proyectarse en los cristales del refugio la llama del fuego quemando el hielo del estanque. Con estas imágenes de encantamientos nos sumergimos en la rojiza superfície de nuestros sacos cuando los relojes marcan las ocho y cuarto preveyendo el largo día que nos espera.
Cuando el despertador y sus manecillas marcan las tres y cuarto la Luna sigue brillando y el aire no tiene la frescura de ayer.
Recogida la casa y calentado el estómago con un buen vaso de leche vamos a cruzar el río por debajo de la presa del Estany de la Cabana no sin antes haber aguantado más de una que otra hundida en la nieve. Para bordear este estany lo hacemos a cierta altura lo que nos va a obligar a realizar alguna desgrimpada y seguir después a medio aire el promontorio rocoso que se endereza por encima de la Coveta hasta un torrente que nos llevará a un estany sin nombre situado entre los dos brazos de cresta que se desprenden del Monastero. Con tantas subidas y bajadas pasamos mucho tiempo y en realidad no hemos ganado, prácticamente, nada de altura aparte de perder un poco la referencia del lugar exacto en el que estamos hasta el punto que confundimos el Saburó Inferior, que está desafiante delante nuestro, con el Peguera Inferior que queda mucho más allá y que ahora no lo vemos.
Cruzamos el estany mencionado por el medio de su superficie helada hasta llegar a un pequeño collado donde un cartel indica los caminos que conducen al Peguera y al Mainera. Seguimos hacia el Peguera pero el estado deplorable de la nieve y la sombra amigable de la Luna nos conducen a cruzar el río que baja de los estanys de Peguera y a ganar, aunque penosamente, altura en dirección a la cresta de nuestra izquierda. Un enrrojecimiento brillante va tiñiendo el cielo detrás el Muntanyò y nos paramos a comer alguna cosa.
Es pronto y el día se presenta inmejorable pero hemos subido mucho y ahora nos espera un largo flanqueo si queremos llegar a encontrar el collado de Monastero – Peguera por lo que decidimos escalar por una canal de nieve y pedruscos hasta encontrar la cresta. Cuando la culminamos son las ocho el Sol ha subido a caballo de la cresta de les Maineres y las rocas cimeras del Monastero van cojiendo color mandarina. A nuestros pies duermen un plácido sueño todos los estanys de la cuenca del Estany Negre y el refugio que nos ha acogido mientras que la aguja con forma de avión de nuestra izquierda se presta por unos momentos a hacernos creer que somos escaladores y la cresta de nuestra derecha parece ofrecernos un paseo aéreo. La emprendemos contentos y superamos, normalmente por el lado del Mainera, las pequeñas pruebas que nos piden las cantiagudas rocas de granito esquistoso de la afilada cresta. Mientras, estamos embobalicados del dulce despertar de las montañas que nos depara el paseo y con una media hora conquistamos una primera cumbre de unos 2850 metros de altura de los cuatro que tiene el Saburó Inferior.
La pendiente es muy acusada por los dos lados y la cresta hasta el Saburó, más o menos horizontal en el primer tramo, baja a un collado a unos 2800 metros y se enfila, posteriormente, encrespada hasta el Tuc de Saburó que tiene 2911 metros y muy rota, a continuación, hasta el Peguera con sus 2982 metros siempre con clapas de nieve intercaladas y no ofrece aparentemente excesivas dificultades. Aún y así las apariencias engañan y los frecuentes flanqueos obligados por los dos lados con presas seguras aunque distantes al principio (II), un paso a superar por presión desaciéndose previamente de las mochilas y ganando altura con la altura del compañero que se hunde en la nieve justo antes de la última cumbre del Saburó Inferior (III) y cuatro o cinco flanqueos algo extraplomados con no muy buenas presas en la bajada (III) hacen que no lleguemos al collado hasta eso de las diez de la mañana.
Disfrutamos un rato del Sol precioso de esta mañana mientras nos ponemos crema solar en la cara y hacemos algo de sitio en las mochilas comiéndonos lo que llevamos. Éstas no son muy pesadas, aunque si son voluminosas, por la presencia de los sacos ya que la idea de bajar por Sant Maurici o la Valleta Seca nos hizo cargar con ellos.
Los ciento diez metros de desnivel que nos faltan se nos hizo interminables. Primero es una desgrimpada por una piedra húmeda e insegura hasta encontrar la nieve, de la vertiente del Mainera, el flanqueo de 8 a 10 metros por la deshecha nieve de una pala con un 65% de desnivel y el avance penoso por ésta hasta reencontrar la vertical y afilada cresta. Después son diversos flanqueos por la piedra-nieve del lado de Peguera (II) y el paso siguiente al filo de la cresta que nos hacen entretenernos y sufrir, ya que no llevamos cuerda, de forma tal que cuando alcanzamos una de las inclinadas cumbres del Saburó son ya las doce menos cuarto. Un mar de nubes cubre la parte baja de Cabdella pero las nevadas y afinadas crestas de los Muntanyò, Mainera, Subenuix, Peguera, Monastero y Encantats en primer término y de los macizos del Posets, Maladeta y Pica d’Estats un poco más lejos bajo el cielo azulísimo y presididos por un conjunto de estanys helados o líquidos nos invitan a una placentera estancia que sólo se ve molestada por el frío viento y el pensar lo que nos falta bajar.
Empezamos a perder altura en dirección al Peguera a eso de las doce y cuarto. Espantosas verticalidades nos convencen de no ir por el lado de Cabdella y la emprendemos, después de un flanqueo por la piedra mojada (II), primero por el lado de Peguera y después por las canales de nieve buscando en la medida que nos sea posible presas en la roca (pasos de IV) del lado de Capdella hasta que la cresta hace una ventana (una hora).
La bajada por pendientes de roca helada cubiertas sólo por una fina capa de nieve, mediante pequeñas y distantes presas en la roca mojada hasta encontrar la pala de nieve nos lleva casi otra hora por lo que nos hace definitivamente abandonar la idea de regresar por Sant Maurici a pesar de las esperanzas que habíamos puesto.
La nieve del trozo que nos queda no es tan pesada como nos hubiéramos presupuesto y sí que lo es, en cambio, la del trozo final entre los estanys de La Coveta y Tort al querer pasar el lomo por este lado cosa que nos representa un conjunto de desgrimpadas y rasguños mientras contemplamos los últimos rayos de luz del Sol dorando al Muntanyò. Llegamos finalmente a la presa del Estany Tort a las cinco y cuarto y al coche a las siete y cuarto después de unas 15 horas de larga y divertida caminata.
La noche nos va a deparar una saburo-sa cena, un pequeño susto y un montón de curvas que podemos tomarnos el lujo de cojerlas por la izquierda justo antes de llegar a la autopista y a Barcelona cuando ha pasado la una de un día plenamente saboreado.
© Joan Fort i Olivella y traducido al castellano por Miquel J. Pavón i Besalú. Año 2.002

Sangre, sudor, lágrimas, rayos y truenos en el Besiberri Nord (3014 m) por la arista Peyta (NE)

Día 18 de septiembre de 1979.
Estamos desayunando debajo de los arcos y seguimos esperando. El Sol todavía calienta mucho pero se nota el frescor del mes de septiembre: el mejor mes para hacer ascensiones ya que se juntan muchas condiciones favorables, los glaciares están escondidos a gran altura, el Sol calienta durante el día a pesar de que las noches ya son frías y hielan la nieve, hay bastantes horas de luz, …
Quedamos Miguel y yo que les esperaríamos aquí hacia las diez de la mañana. Pero cuando acabamos de desayunar Josep Mª y Jordi no han llegado aún con el coche. Miguel va a llamarlos pero no hay respuesta. Aparecen al cabo de dos horas. Han tenido dificultades con los papeles del coche. Después de horas de espera y de incógnita salimos de Girona con un vehículo que no es una joya. El viaje nos lo tomamos con filosofía (estoica ¡naturalmente!). Encontramos camiones en Los Brucs y comemos en La Panadella. Por la tarde hace mucho calor y nos tomamos una cerveza en Benabarre. Nuestro plan era subir hoy mismo al refugio. Al retraso inicial que llevamos hay que añadirle el que se produce al encontrar la carretera cortada antes de El Pont de Suert. Este tramo lo están arreglando. La subida al refugio es muy larga. Hay que dejarla para mañana. En El Pont de Suert compramos algunas cosas. Visitamos a los parientes de Jordi que viven en Taüll y nos reciben afectuosamente como la otra vez. El día empieza a irse.

Decidimos ir a dormir cerca de Caldas y montar la tienda a la luz del día. Cuando tenemos el lugar decidido vemos que la tienda no tiene clavos y que le falta un trozo de mástil. Hasta ahora parece que no hemos tenido mucha suerte. Un día de retraso, el coche tiene algún problema, nos faltan los clavos de la tienda (que los sustituimos por trozos de “boix”) y, ahora, para completar los males el fuego no se enciende ni a tiros. Menos mal que el hornillo sí que funciona. Después de cenar Josep Mª saca la guitarra y alrededor del fuego, perdón, del humo hacemos un rato de tertulia. Hace frío y nos vamos a dormir, con mucho cuidado, no se vaya a caer la tienda. Todo lo arreglamos con sentido del humor.

Día 19 de septiembre de 1979.
Nos levantamos a una hora razonable y hacemos un poco de orden y limpieza. Desayunamos y recogemos todas las cosas con tal de ir a hacer una comida puntual y buena a Taüll para salir bien equipados. Comemos caliente, sentados, un buen plato de judías con butifarra y postre. En la casa dejamos todo lo que no nos sirve para la excursión. El tiempo no está muy claro pero regresaremos a Cavallers. Es una inmensa pared con contrafuertes destacando su majestuosa quietud en medio de una naturaleza salvaje. La presa de Cavallers ha significado para mí el límite entre la civilización y la alta montaña pirenaica de este valle tan agreste. A partir de allí incertidumbre y aventura. En el aparcamiento encontramos unos motoristas de Puigcerdà que parece que están un poco molestos pues se lo han pasado muy mal intentando hacer una travesía. Después de intercambiar unas palabras con ellos bajan por la carretera y nosotros iniciamos con mucha calma la ascensión al refugio. Está calculado entre cuatro y cinco horas de marcha. Bordeamos el pantano hablando entre nosotros hasta la Pleta del riu Malo. Hay unas vacas sentadas que nos miran casi despectivamente sin dejar de rumiar. Por un instante vemos la imponente pirámide del Besiberri Nord que nos deja impresionados hasta que la niebla nos tapa toda la panorámica. Al atravesar una cascada, que nos refresca un poco, comienza una fuerte ascensión por un caminillo tortuoso y poco marcado hasta que desaparece antes de llegar al estanque. Queda bastante colgado y ya desde allí se ve claramente el refugio metálico de la brecha Peyta. Unos grandes neveros quedan cortados encima del agua y la niebla nos deja ver de vez en cuando la cresta imponente de los Besiberris e incluso alguna grieta que hay debajo. El tiempo está muy inseguro y después de coger nieve para fundirla continuamos por un pedregal muy empinado. Josep Mª y yo vamos delante y a mitad de la subida hace patinar sin querer una piedra. No me aparto ya que parece que pasará lejos pero justo el último bote hace que vaya directamente hacia mí y me toca en un puño y en la pierna. Tengo una mancha de sangre pero no deja de ser una rascada algo fuerte. Miguel que acompaña a Jordi, que no se encuentra muy bien, se interesa por lo que pasa y con un grito le digo que no ha sido nada y no se preocupe.
En cabeza ya estamos casi en el refugio. El tiempo está muy inseguro y empieza a refrescar. Estamos a 2805 metros. Josep Mª hace señas y nos comunica que ya ha llegado y que no hay nadie. Acabo de llegar y me quedo impresionado de la situación de este refugio. Se domina todo el valle de la pleta por un lado y por el otro la sierra de Tumeneia y el Estany de Mar. A nuestro alrededor grandes neveros, lagos, crestas … en fin, ¡es sensacional! Sin perder tiempo quiero ver este refugio del que tantas veces había leído unos textos del francés Bellefon. Por fuera es de metal inoxidable, forrado de corcho y después madera. Hay seis literas desplegables con mantas, un botiquín y un armario con provisiones para emergencias.

Acaban de llegar Miguel y Jordi. Hacemos fotos y filmamos. El frío se ha hecho muy intenso y se ha desencadenado una tempestad. Una gruesa puerta que hace ruido a nevera nos aísla perfectamente del exterior. Por una ventanilla entra la poca luz que queda del día y vemos como la noche va imponiéndose.
Abrigados con las mantas estamos sentados en las literas, la nieve se va fundiendo mientras vamos leyendo el libro de registro del refugio y anotamos nuestras observaciones. comentamos que un buen lema para la salida podría ser la famosa frase de Churchill con un añadido personal: “sangre, sudor, lágrimas, rayos y truenos, …”. Las inclemencias de la naturaleza se han desencadenado y me parece que nunca las habíamos vivido tan de cerca. Estamos en silencio, sólo se oye el hornillo, el ambiente es sensacional. Un rayo ilumina de repente el refugio oscuro y, a continuación, el rayo menea toda la construcción. Sabemos que el refugio es bueno pero no podemos dejar de impresionarnos y de inquietarnos un poco. Gauss tiene razón: la corriente eléctrica no ha entrado en el interior del refugio y se ha quedado en el exterior. Pero … ¿seguirá teniendo razón las próximas veces? La nieve ya se ha fundido y se puede hacer ya la sopa. Dejamos una reserva de nieve que se irá fundiendo por la noche. Después de cenar Jordi todavía no se encuentra muy bien y se va a dormir. A alguien se le ocurre la idea de hacer un “cremat” y con su calor fundimos la nieve que queda, nos calentaremos nosotros y el barracón para luego beberlo junto con un té con limón. Aceptamos la idea ya que lo de jugar a las cartas no tiene muy buena acogida. El té lo guardamos para mañana ya que va a ser el único líquido que vamos a tener en todo el día. Esto será un gran problema ya que nuestro plan es hacer la integral de los Besiberris y en todo el recorrido es bastante probable que no encontremos agua. De todas formas, ya veremos si hacemos algo de la forma como está el tiempo. Nos hacemos a la idea del drama que debería ser el de aquellos compañeros que se quedaron prisioneros en estas crestas durante días y que los tuvieron que rescatar. Realmente tiene que ser una experiencia penosa. Nosotros llevamos aquí unas horas y ya empezamos a notar la falta de espacio.
El tiempo va pasando y ya deben ser hacia las diez. El “cremat” es sensacional. Hemos conseguido subir poco peso y a cambio hemos hecho una cena caliente, un “cremat”, un té y no sé cuantos lujos más. Parece que las inclemencias meteorológicas han cesado, me abrigo mucho y salgo. El frío es intensísimo. No se ve ni una sola estrella. El viento no se sabe de dónde sopla aunque lo hace muy fuerte. La panorámica es esta: hace mucho frío, niebla en general, está el cielo cubierto y la roca está húmeda.

Decidimos ir a dormir. En las literas se está muy bien ya que sólo estamos los cuatro y podremos dormir anchos. Con la luz de la frontal todavía escribo unas notas en el libro de registro que es muy divertido. Cuando acabo me arreglo el cojín con ropa. Apago la frontal e intento dormir que, como siempre, lo consigo. La temperatura es muy agradable aquí dentro. Fuera los elementos naturales luchan ruidosamente y el viento choca contra la estructura metálica confiriendo a esta noche un gran ambiente de alta montaña en esta brecha a casi tres mil metros.
Día 20 de septiembre de 1979.
A lo mejor son las cinco. Nos tenemos que levantar pronto para hacer la integral. Miguel se levanta y lo que ve es desesperante. Hace frío y la niebla lo tapa todo. Estamos inmersos en una nube. Regresa a la litera y dormimos una hora más aproximadamente. El tiempo no ha cambiado pero tomamos una decisión: nos pondremos de camino al Besiberri Nord y ya veremos. Desayunamos un poco, al parecer hoy necesitaremos las fuerzas, aunque de todas formas me repulsa un poco comer a estas horas y sólo tomo un sorbo de té. Guardamos las cosas, barremos el refugio y nos ponemos en marcha. Lo que todos pensamos es que aquí no volveremos más o que tardaremos muy poco en regresar. De todas formas no dejamos nada.
Rápidamente perdemos el refugio de vista, hemos bajado un poco para perder un trozo de cresta que tiene pasos de IV grado aunque no tardamos mucho en regresar a ella. Comienza a llover o a nevar. El silencio da un extraño ambiente a esta caravana que evoluciona con marcha calmada. Las fitas son abundantes y las vamos siguiendo. Nos llevan al filo de una cresta y su orientación hace que la sigamos ya que sube directa al Besiberri Nord. Al principio parece fácil, a lo mejor con algún paso de II grado, pero al darnos cuenta vemos que estamos en una cresta muy vertical de grandes bloques de granito. Al moverse la niebla vemos todo el esplendor de la cresta NE que se levanta puntiaguda enfrente nuestro. También vemos por unos instantes la Punta Alta. La niebla vuelve a cubrirlo todo. El avance es lento, constante, con tramos de ascensión verticales y progresando al escalar repisas. Comienza a notarse la sensación de vacío bajo nuestros pies. Menos mal de la niebla que tapa la vista de la caída. Los pasos delicados se van haciendo constantes y muy abundantes. Todos son muy gimnásticos. Esta cresta es cada vez más difícil. Encontramos una plataforma y decidimos reunirnos allí. La vía se pone muy interesante, ya lo dice la guía, pues ahora encontraremos “los pasos de III grado que se superan acrobáticamente“. En esta reunión aprovechamos para hacer un trago y comentar la situación. Aquí abandonaremos el filo de la cresta para avanzar por la vertiente sur. Una serie de canales verticales conducen a la cima. Para pasar de la plataforma a la primera canal hay que hacer un paso muy grande sobre el vacío con extrañas presas. Subimos el canal con pasos de II grado hasta otra plataforma muy pequeña y la cosa se pone negra. Las piedras están muy frías y húmedas. En cada parada aprovecho para ponerme las manos en los bolsillos y calentarlas un poco ya que no me gusta escalar con los guantes puestos. Falta el paso más difícil. Menos mal que no debemos estar muy lejos de la cima. Ha llegado el momento de sacar la cuerda. Miguel se la ata, se quita la mochila y empieza a subir. Unos instantes después desaparece entre la niebla y las piedras. Estamos en silencio en la plataforma. La cuerda va resbalando por la roca hasta que se para. Se oye un grito de Miguel que nos dice que es factible. Con la cuerda subimos su mochila y después Jordi y Josep Mª superan este paso asegurados por Miguel. Finalmente me ato la cuerda con el mosquetón de la baga y subo. El primer paso es lo más complicado que había hecho hasta el momento. Te encuentras tú y mochila empotrado debajo de un saliente de roca con presas de mano muy bajas. Se supera este paso por la izquierda. Con una mano hay que buscar una presa encima de la cabeza y ahora es con presas pequeñas con la que hay que recuperar una posición estable y salir de la posición inicial. Es un paso claramente de III grado aunque alguien comenta que incluso de IV aunque yo no lo creo. Eso sí el largo de cuerda no baja en ningún momento del III. Miguel va recogiendo la cuerda y asegurando desde un saliente de roca. Vuelvo a calentarme las manos y hablamos del rappel que habrá que hacer al bajar en el caso de no encontrar ningún otro sitio por el que sea mejor. Unos pasos más y ya coronamos la cumbre.

Lo sabemos porque hay un libro y una placa. Estamos a 3014 metros rodeados de un paisaje impresionante pero que no lo podemos contemplar. El frío no cesa debido a la nula acción solar. Nos sentamos en la cumbre. Nuestro pelo está lleno de gotitas de agua congelada. Hacemos fotos y filmamos. Ya tengo ganas de comer algo. Aquí se decide que la integral no deja de ser un proyecto. Hemos hecho un tresmil y ha sido espectacular por lo que estamos ya satisfechos. De todas formas la bajada nos espera con no pocos problemas. Debido al poco atractivo que presenta la permanencia en la cima decidimos regresar.
No bajamos exactamente por el mismo sitio. El primer paso sigue siendo más complicado de lo que esperábamos. Una chimenea de roca está obstruida por una piedra que sobresale. Este abultamiento tiene una presa en la pared superior. Hay que sentarse a caballo encima de una roca con las manos en la presa y los pies colgando en el vacío. Este paso se hace en diagonal, entrando por la derecha y saliendo por la izquierda. La pierna izquierda se va estirando intentando encontrar una presa extraplomada. El tanteo es agobiante. No veo mi pierna que en el aire intenta conseguir un punto de sostén. Estoy colgado de la punta de los dedos y por nada del mundo me puedo dejar vencer por el cansancio … caería pared abajo. Sí, por fin he encontrado una rugosidad aprovechable. Me sostengo en ella. Aunque la pierna empieza a temblar de cansancio. Rápidamente tengo que encontrar una presa de mano segura. Completamente inclinado hacia el precipicio la mano izquierda encuentra una presa. Traslado el peso del cuerpo al lado que tengo seguro y por fin consigo ver la parte inferior de esta especie de nariz que sobresale de la pared. Por fin he pasado. Descanso un momento. Estoy soplando. Otro paso que supera en dificultad a los que he hecho hasta la fecha. Dudamos si hacemos rappel o no. Como no sabemos hacerlo lo intentaremos sin. Avanzamos lentamente. No se puede hacer ningún paso en falso. Nos intercambiamos consejos mientras bajamos. Todo el rato de cara a la pared. La vía que seguimos coincide en algunos tramos con los de la ascensión. La concentración es total. La niebla sigue corriendo a nuestro alrededor impasible. Los pasos difíciles se suceden con constancia y por eso no recuerdo más detalles hasta el último que fue singular. Probablemente un destrepe de III grado. Es un diedro recorrido por una fisura interior. Había dos cosas difíciles en él. Una era entrar en la fisura y otra, evidentemente, era bajarla. En un primer intento no encuentro las presas adecuadas y es que en primer lugar hay que recorrerla con la vista. Una vez dentro empotro un pie en la fisura y con las manos por opresión me aguanto contra las paredes laterales. Bajada lenta. Por suerte a mitad de la fisura hay una piedra del tamaño de un puño que ofrece una presa magnífica. Faltaba sólo un par de pasos más y se acaba la fisura y la bajada fuerte. Después de un descenso tan lento nos desahogamos saltando a la desenfrenada por el pedregal. La niebla todavía tapa el panorama y perdemos altura a todo correr. Dejamos el refugio metálico atrás y no dejamos de hacerle una mirada a este símbolo de audacia de los conquistadores de la montaña. Un nevero nos lleva directamente al estanque. ¡¡Agua!! al fin agua. Hacemos las curiosas mezclas con olés, bebemos, descansamos un poco y por primera vez podemos gozar de la vista. La niebla va desapareciendo definitivamente. Este estanque está colgado por encima del precipicio y refleja tímidamente la Punta Alta que tenemos, majestuosa, delante nuestro. Y tiene, además, la misma altura que el pico que acabamos de conquistar. Guardamos la cuerda. Sacamos las capalinas y bajamos a la pleta. El descenso se hace muy largo. Comienzan a aparecer las primeras hierbas y más adelante las flores como muestra que vamos entrando en el reino de la vida y dejamos atrás el del mineral y hielo eterno. Las huellas son definidas y se reconoce ya el caminillo que baja en picado al lado del río. Contra todo pronóstico sale el Sol que nos calentará las manos y los cuerpos que empiezan ya a estar agotados. El paso de la cascada refrescadora nos lleva a la pleta del riu Malo donde las mismas vacas que nos encontramos a la ida pastan tranquilamente con su eterna impasibilidad. Nos ven pasar. Ignoran nuestras aventuras.
Los horarios de los autocares hacen que vayamos aceleradísimos. En todo el descenso hemos parado dos veces para beber a pesar de que el Sol empieza a darle fuerte. El pantano de Cavallers se nos hace muy largo. Al fin llegamos al coche. Nos tenemos que despedir de nuestra amada naturaleza.
El coche baja rápidamente por la estrecha carretera a recoger los trastos a Taüll y poder, así, cojer el coche de línea en El Pont de Suert. Allí nos despedimos de Josep Mª y de Jordi. Ellos irán a Andorra. Nosotros volvemos a casa con los medios que ofrecen el transporte público y con un tresmil más en el bolsillo.
Unas veinticuatro horas más tarde llegamos a casa, haciendo noche en Barcelona, mientras que en coche se suelen tardar unas cinco horas. Que cada uno saque las conclusiones que quiera.
P.D. El texto está pasado a máquina dos años después de escribirlo en el momento de inspiración debido a la gran aventura. Tenía 16 años. Por lo que puede parecer que le doy un tono de epopeya a lo que no pasa de ser una experiencia muy buena de montaña. En fin. Esto es un recuerdo personal como puede ser una fotografía.
© Robert C. Año 2.002

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2017 - Miquel Pavón