La anécdota

Me preguntaron hace poco, una vez más, el porqué pongo una J. después del nombre. Parece un “esnobismo“. En realidad no es la primera vez que me lo preguntan. Pienso que es claro que una jota predice algún nombre que empiece por jota, evidentemente. Por lo que aún sigo sin comprender el que me sigan llamando, incluso, Miguel Ángel. Será que lo del Ángel tiene una jota en una dimensión desconocida ….
Yo me llamo Miquel para los catalano-parlantes y Miguel para los castelleno-parlantes. Y así ha sido toda mi vida. Me gusta mi nombre. Pero no siempre ha sido así. Para explicar el porqué pongo una jota-punto después de mi nombre se debe, como muchas cosas que ocurren en esta vida, a un problema burocrático. El gran problema lo tuve ahora ya hace unos años. Voy a remontarme hasta el año 1984. Estaba preparando mi primer gran viaje de mi vida. Tenía casi 23 años. Me iba a Marruecos a subir cuatro-miles. Como el resto de los componentes del grupo nos fuimos a “expedir” el pasaporte. Yo como tenía claro que iba a ir lo hice con suficiente antelación. Incluso advertía a mis amigos que debíamos pedirlo pronto para que no tuviéramos problemas de última hora. Y así fue. Fui a las oficinas del Gobierno Civil, rellené los correspondientes impresos, di los papeles complementarios, las pólizas, las fotos y pagué las tasas correspondientes. Hasta aquí todo correcto.
Se acerca el día de nuestra partida. Voy a buscar mi pasaporte. Me dirijo al funcionario y le pido el pasaporte que me estaban tramitando.
- “Vengo a buscar mi pasaporte“, le dije.
- “Podría, usted, mostrarme su documento nacional de identidad“, me contestó el funcionario.
- “Si tenga“, continué yo mientras se lo entregaba con educación.
Veo que el funcionario empieza a analizar el pasaporte y el DNI. Hasta aquí: todo normal. Al poco me dice con cara muy seria …
- “Señor, en estos momentos debo retenerle su pasaporte que ha solicitado“.
- “Y, ¿por qué?“, le pregunté extrañadísimo.
- “Pues porque ha intentado hacer una falsificación“, me responde y para colmo: convencido.
- “¡YOOOOOO! ¿Falsificar yo? ¿El qué? El pasaporte. No señor“. Continué yo más convencido que él si cabe.
Pasó a continuación a la fase explicativa y realizando un esfuerzo incomprensible a la vez que inusual en este tipo de situaciones. La cuestión era reafirmar su postura contrapuesta, evidentemente, a la mía.
- “Pues mire, usted, ha realizado una falsificación porque no se llama Miguel y por lo tanto no le puedo entregar el pasaporte ya que lo ha solicitado con este nombre que no es el suyo“.
- “QUEEEEEEEEEEEEEEEEE … Que no me llamo Miguel. Esto es el colmo. Pues mire, le aseguro que toda mi vida me he llamado y me han llamado Miguel“. Era lo último que me esperaba oír. No sabía si reir o llorar. Era todo tan absurdo.
El funcionario empezaba a desencajarse y a la vez aumentaba su nerviosismo. Al fin y al cabo, debería pensar si es que lo hizo, que sólo le pagan por entregar documentos y el tema empezaba a extralimitarse del sueldo que recibía. Es evidentemente un tema para que fuera resuelto por alguien de mayor rango y responsabilidades. Pero la postura era evidente para él. Continuó sus explicaciones …
- “No mire, usted, en su pasaporte pone que su nombre es Miguel y en su documento nacional de identidad pone que su nombre es Miguel J … Por lo tanto como no son los mismos nombres no le puedo entregar el pasaporte.”
Me quedo helado. En ese preciso momento y después de 23 años de existencia me apercato por primera vez que NO me llamo Miguel, me llamo Miguel J …
- “¿Y ahora qué hago?
- “Muy sencillo vuelva a solicitar otro pasaporte con el nombre correcto“, me contestó el funcionario como magnífica solución, evidente por otra parte dadas las circunstancias.
- “¿Y cuánto van a tardar en hacérmelo?“, pregunté yo.
- “Lo de siempre“, contesta rotundo y con regodeo.
- “Pero es que me quedo sin ir de viaje si van a tardar lo mismo en rectificar el error ya no me vale el pasaporte si no puedo marchar“.
- “Usted sabrá“, me contesta victorioso y con regocijo.
Penosa situación. Resulta que uno puede tramitar un pasaporte con el nombre que le da la gana y sólo se comprueban, si es que lo hacen, los datos en el momento de recogerlo. Creo, francamente, por parte de la administración pública, dejando aparte la cuestión de trato con el público, que el sistema de funcionamiento es como mínimo deplorable y lo triste es que al pasar los años la situación no es que haya mejorado mucho que digamos.
Por mi parte aprendí bien la lección. Yo me llamo Miguel J … desde el punto de vista jurídico. No es mi nombre de toda la vida. He adoptado una pequeña rebeldía con el sistema desde entonces. Cuando escribo mi nombre siempre pongo Miguel J. Resuelvo de esta forma las dos opciones. Desde el punto de vista jurídico no falsifico nada al poner mi nombre completo aunque con una abreviación (perfectamente legal). Y, desde el punto de vista personal me siguen llamando siempre Miguel puesto que añadir lo del jota-punto es, francamente, una horterada. Lo que la solución adoptada no puede evitar es los nuevos bautizos tales como los de Miguel Ángel ….
¡AH! ¡Por cierto! Se me olvidaba … Fui por fin al viaje de Marruecos, subimos muchos cuatro-miles, pero creo que el explicar lo que pasó para conseguir el nuevo pasaporte, que me lo robaron (aunque oficialmente sólo me lo sustrajeron) en Algeciras y, finalmente, pudiera entrar en el país alauita es objeto de otra crónica …
Y es que no existen imposibles si algo se desea …
© Miquel J. Pavón Besalú, año 2000.

7 respuestas a La anécdota

  1. yadira almendra antuane monteagudo canal dijo:

    es muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy muy
    aburrido pero me dio dio dio dio dio dio dio dio ido gracia
    ajajajajajajajajajajaja ajajajajajaja jajaj……
    ȧ§§§§§§§§§§§§§ genial
    ggggggggggggggggggggggrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaciaaaaaaasssssss

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  7. Eva dijo:

    Pero seguimos sin saber que es la J….

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